Cuando sentirse abandonado no es un final, sino un umbral
Sentirse abandonado puede doler, pero no siempre es un fracaso. Una mirada profunda y humana sobre el abandono como umbral de crecimiento personal.
Antes de comenzar…
Esta no es una publicación más en tu bandeja de entrada. Es un momento para ti. Una pausa sagrada en medio del ruido. Un espacio donde recordamos que el trabajo más importante no es el que hacemos allá afuera, sino el que hacemos adentro, con nosotros mismos.
Aquí no hay fórmulas. Solo verdad, presencia y práctica.
Momentos de abandono
Existen momentos en la vida que son difíciles de definir. No se trata de grandes tragedias que marcan un antes y un después, ni de alegrías.
Son algo distinto: instantes pequeños y a menudo invisibles y silenciosos, en los que algo se quiebra en nuestro interior. Un mensaje que no llega. Una llamada que queda sin respuesta. Un proyecto en el que pusiste tu alma y que no fue seleccionado. Una relación que cambia de tono sin razón aparente. Una puerta que se cierra cuando pensabas que se abriría.
Y de repente, surge esa sensación familiar. Difícil de poner en palabras, pero fácil de reconocer: abandono.
No siempre lo nombramos así. A veces lo llamamos fracaso, o mala suerte, o decepción, o incluso culpa: “algo hice mal”. Pero si prestamos atención, bajo esas palabras más suaves, encontramos una más cruda y sincera: me siento abandonado.
Abandonado por la vida. Por el amor. Por Dios. Por la buena energía. Por los demás. O, sin darnos cuenta, por nosotros mismos.
Estos momentos suelen sorprendernos y casi siempre reaccionamos de la misma manera: queremos salir rápido de esa situación. Entender qué ocurrió. Corregir. Solucionar. Pasar página. Recuperar nuestra seguridad. Como si quedarnos allí fuera peligroso.
Porque nos han enseñado que el abandono es un fracaso. Algo que debe superarse lo antes posible. Algo que nos deja mal parados.
¿Y si fuera un umbral?
Pero… ¿y si no fuera así? Permíteme hacerte una pregunta, sin intención de responderla de inmediato: ¿Y si esos momentos de abandono no representaran un fracaso, sino un umbral? No una caída definitiva, sino un punto de transición.
Hay un antropólogo que ha sido una gran influencia para mí en los últimos años: Victor Turner. Turner estudió los rituales de paso en diversas culturas y observó algo fascinante.
En casi todas ellas, hay un momento intermedio en los procesos de transformación, un tiempo en el que una persona ya no es lo que era, pero aún no es lo que será. A ese estado lo denominó liminalidad. Umbral.
El umbral es incómodo. Carece de una forma clara. No ofrece garantías. No proporciona respuestas rápidas. Es un territorio sin mapas. Y precisamente por eso, es fértil.
El problema es que percibimos los umbrales como fallos del sistema. Como errores. Como retrasos innecesarios. Queremos resultados, claridad, sentido inmediato. Y el umbral no proporciona nada de eso. Solo ofrece experiencia.
Cuando te sientes abandonado, casi siempre estás allí. En un entre: ya no eres quien eras antes de esa decepción, pérdida o silencio. Pero tampoco sabes aún quién serás después. Y eso asusta.
Por eso lo llamamos fracaso. Porque el fracaso parece tener un significado definitivo. El umbral, en cambio, deja todo abierto. Y vivir con algo abierto requiere una madurez emocional que no nos enseñaron.
Cómo vivieron el abandono los grandes maestros
Si miramos con sinceridad, muchas figuras que hoy admiramos atravesaron momentos profundos de abandono. No lo vivieron como un castigo, sino como un paso.
Juan de la Cruz se refirió a la noche oscura del alma no como algo que hay que evitar, sino como una pérdida necesaria. Una pérdida de apoyos, certezas e imágenes erróneas de Dios y de uno mismo.
Teresa de Calcuta experimentó durante décadas una sequedad interior aguda. Sentía ausencia, silencio y abandono. Sin embargo, no lo interpretó como una traición divina, sino como una forma misteriosa de fidelidad.
Etty Hillesum, una jóven judía, en medio del horror absoluto, escribió que no era Dios quien debía ayudarla, sino que era ella quien debía ayudar a Dios a no desaparecer del mundo.
Solo alguien que ha habitado el abandono sin huir puede expresar eso. Ninguna de estas personas alcanzó la grandeza evitando el abandono.
Lo hicieron al no cerrarlo demasiado rápido. Al no convertirlo en cinismo. Al no endurecerse.
Sin romantizar el dolor, sino habitándolo
Y aquí quiero resaltar algo importante: habitar el abandono no significa romantizar el dolor.
No se trata de amar lo que duele. Se trata de no abandonarnos a nosotros mismos cuando duele.
Muchas veces, el abandono duele el doble, no por lo que ocurre afuera, sino por lo que hacemos dentro. Nos juzgamos. Nos exigimos estar mejor. Nos comparamos. Nos forzamos a entender. Nos empujamos a salir.
Quizá la invitación sea otra.
Quizá, en lugar de huir del dolor, podamos aprender a habitarlo conscientemente. Con una intención poderosa: la de no quedarnos atrapados en el sufrimiento para siempre, sino para atravesarlo sin rompernos.
Habitar no es resignarse. Es permanecer con presencia. Con curiosidad. Con un poco de ternura hacia uno mismo. Quedarse un rato más en ese lugar incómodo y decirse: no sé todavía qué significa esto, pero no voy a convertirme en mi propio enemigo.
Cómo vivir el abandono como humbral
Hay prácticas muy simples para empezar a hacer esto. Nada complicado. Nada espiritualizado en exceso. Cosas humanas.
La primera es nombrar. Al final del día, pregúntate con honestidad: ¿Dónde me sentí abandonado hoy? No se trata de analizar, sino simplemente de reconocer.
La segunda es permanecer tres minutos. Cuando aparezca esa sensación —en el cuerpo, en el pecho, en el estómago— no la tapes de inmediato. Respira. Siente los pies. Apoya la espalda. Y dite internamente: «estoy en un umbral». No tengo que cruzarlo hoy. Si la sensación es muy intensta, te sugiero de acompañar esta permanencia con Havening.
La tercera es cambiar el lenguaje. Cada vez que te descubras pensando que esto es un fracaso, prueba a decir: «esto es un umbral que aún no comprendo». No es un juego mental. El lenguaje organiza la experiencia.
Y hay algo que he ido entendiendo con el tiempo: estas etapas no se atraviesan empujando, ni apretando los dientes. Se atraviesan estando. Sin respuestas claras, sin certezas, a veces solo con la sensación de que no puedes hacer otra cosa que quedarte ahí un rato más.
Tal vez no estás perdido. Tal vez no te equivocaste tanto como ahora parece. Tal vez nadie te soltó del todo. Puede que estés simplemente en ese lugar estrecho y silencioso donde lo que ya no sirve empieza a caerse, y lo nuevo todavía no tiene forma.
Y aunque se sienta como abandono, puede ser —solo puede ser— que estés cruzando algo importante.
Si disfrutaste esta lectura, el mejor halago que podrías darme es compartirla con alguien o hacer un restack.
Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente.
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.



