Cómo vivir con sentido en tiempos de incertidumbre y caos global
Una reflexión sobre guerra, miedo, ansiedad y la necesidad de reorientar nuestra forma de estar en el mundo.
Antes de comenzar…
Esta no es una publicación más en tu bandeja de entrada. Es un momento para ti. Una pausa sagrada en medio del ruido. Un espacio donde recordamos que el trabajo más importante no es el que hacemos allá afuera, sino el que hacemos adentro, con nosotros mismos.
Aquí no hay fórmulas. Solo verdad, presencia y práctica.
¿Cómo enfrentar estos tiempos de incertidumbre? ¿Cómo encontrar sentido en un mundo que parece sumirse en el caos? ¿Cómo resistir la tentación de dejarse llevar por el miedo y la ansiedad?
Ante las noticias que nos llegan de Venezuela e Irán, más que buscar explicaciones o profundizar en los detalles de la situación, me esfuerzo por ver no lo que se presenta de manera espectacular, arriesgando dominar mis pensamientos y emociones, sino lo que de este mundo nos estamos alejando; lo que estamos dejando atrás.
Lo que hoy está de moda en el mundo
Me han impactado las palabras que el papa León XIV pronunció recientemente ante el cuerpo diplomático en la Santa Sede. Dijo:
“La guerra vuelve a ser popular y el entusiasmo por el conflicto se expande. Se ha quebrantado el principio establecido tras la Segunda Guerra Mundial que prohibía a las naciones utilizar la fuerza para violar las fronteras de otros... En cambio, se busca a través de las armas como medio para afirmar el propio dominio.”
Me pregunté si la guerra efectivamente está de moda y si hay un renovado entusiasmo bélico; ¿qué ha quedado fuera de moda y por quién o qué ha perdido el mundo su entusiasmo?
La respuesta que me viene a la mente es esta: el aprecio y el cuidado de las relaciones humanas.
Desde una perspectiva geopolítica, estamos presenciando el ocaso de la interdependencia, ese mundo que emergió tras la Guerra Fría. Era una realidad en la que los lazos entre pueblos, naciones y mercados se presentaban como necesarios e imprescindibles. La interdependencia aseguraba el orden y la paz.
Hoy, por el contrario, ante la pérdida de narrativas que dan sentido a nuestra existencia, está surgiendo el soberanismo, donde vuelven a estar de moda los muros, la fuerza y la coerción.
Es un mundo en el que el más fuerte desea imponerse. Así, el entusiasmo bélico vuelve a resurgir.
Un mundo sin brújula
En nuestra vida cotidiana también experimentamos esta realidad. Sentimos que no hay un suelo firme bajo nuestros pies sobre el cual construir nuestros proyectos de vida.
Todo nos parece frágil, temporal, efímero. Las tradiciones y las instituciones del pasado no nos acompañan.
Ya no contamos con una brújula que guíe nuestra existencia. El futuro se presenta oscuro. Nos preguntamos: ¿existe un futuro?
Así, despertamos en el mundo que habitamos, aislados e inseguros. Nos sentimos solos y desamparados. Vivimos desconectados y, por lo tanto, sin el interés, la voluntad ni el deseo de cuidar a los demás, de cuidarnos a nosotros mismos.
Existimos descuidados y descuidando.
Sin embargo, en un mundo desprovisto de cuidado, no hay proyección más allá de la mera supervivencia en el momento presente. Así, en esta realidad que nos afecta, nos encontramos miedosos y ansiosos.
¿Cómo habitar un mundo que nos descuida?
Surge, entonces, una pregunta fundamental y orientadora: ¿Cómo podemos vivir en estos tiempos mientras desarrollamos nuestra existencia?
No somos los primeros en experimentar un mundo lleno de angustia. La humanidad ha atravesado períodos de escasez, enfermedades, guerras y genocidios que muchas veces han fracturado lo que parecía sólido.
Me pregunté cómo vivieron aquellos tiempos quienes no cedieron a la desesperanza, al cinismo y a la confusión, sino que, por el contrario, mantuvieron y nutrieron la lucidez, la esperanza y la serenidad interior.
Busqué respuestas en los doctores de la Iglesia; personas que no se alejaron del mundo, que no evitaron la realidad que afectaba a la humanidad, sino que se comprometieron profundamente con los desafíos de sus épocas.
Por ejemplo, Agustín de Hipona, quien vivió el colapso del mundo romano. En 410, Roma fue saqueada por los visigodos. Para la mentalidad de la época, eso no solo representó una derrota militar; marcó el fin de un orden mundial. Fue un tiempo de aumento de la violencia, de la migración y del miedo.
¿Cómo lo hizo Agustín de Hipona?
En sus obras, especialmente en La ciudad de Dios, Agustín reflexiona sobre cómo la historia está marcada por la inestabilidad y la fragilidad. Destaca que la política no es fuente de sentido y que la pax romana no es necesariamente una paz genuina. Así, el mundo no debe ser amado como si pudiera sostenernos:
“Los bienes temporales son otorgados tanto a los buenos como a los malos, para que no se los ame como bienes supremos.” (De civitate Dei, I, 8)
Para Agustín, el colapso no coincide con el fin de la verdad, sino que revela la mentira: el mundo podía salvarnos. La historia no es un progreso, a pesar de que continuamos actuando como si lo fuera.
Si esta es la realidad que Agustín conocía, ¿qué posibilidades se abren? ¿Cómo existir en un mundo que se desmorona?
Una actitud que encontré en él es una cierta distancia que no ofusca la lucidez, un estar en este mundo sin realmente pertenecer a él, un desapego que es aceptación de la realidad. Escribe:
“No es gran cosa perder lo que pronto se había de perder.” (La Ciudad de Dios, I, 35)
En segundo lugar, Agustín se negó a reaccionar ante la coyuntura, a entregarse a explicaciones inmediatas y, por ende, muchas veces superficiales.
Para él, cada crisis requiere profundidad y la renuncia a la urgencia. Escribe:
“No es propio de una mente prudente atribuir los grandes movimientos de la historia a causas simples o recientes.”
La nuestra condición humana
Agustín tampoco busca una calma total, sino que acepta la inquietud como una condición humana. El éxito y la estabilidad no son la fuente de la tranquilidad.
Por el contrario, la inquietud es constitutiva de nuestra existencia.
Finalmente, Agustín nos invita a habitar el mundo, sin perdernos en él, sin dominarlo, sin anestesiar la inquietud, manteniéndonos abiertos cuando ya no hay garantías de que las promesas se cumplan. Esta actitud permite el regreso del cuidado.
Es esto lo que nos permite vivir auténticamente en un mundo que no nos va a salvar. Se trata de cambiar la forma en que estamos presentes en el mundo.
Prácticas concretas para la vida cotidiana
Pero ¿cómo lograrlo? Aquí te comparto algunas prácticas que estoy implementando:
1. Tiempo no instrumental
Todos los días reservo unos minutos sin ningún objetivo. Me siento en mi balcón, sin leer, aprender o escribir. Simplemente estoy presente, liberando la presión y la necesidad de hacer.
2. Habitar la inquietud
Me permito sentir mi inquietud o ansiedad. No la apago ni la anestetizo. Más bien, la observo y escucho el mensaje que trae. Acepto mi finitud y, de esta manera, afino mi escucha interior. Tengo la posibilidad de convertirme en un ser más auténtico.
3. Desaceleración intencional ante la urgencia.
Retraso de 24 horas cualquier respuesta impulsiva (mensaje, correo, opinión, decisión). Me pregunto: ¿qué pasaría si no reacciono ahora? Esto me lleva a pensar más despacio. De este modo, aumento mi libertad interior, mi soberanía personal.
Le doy una oportunidad a la profundidad y la no-reactividad. Vivo más presente, sin apuro. Tengo más lucidez.
Estas prácticas me han ayudado a estar en el mundo, pero sin perderme en él. Sin dejarme condicionar ni aplastar por lo que sucede a mi alrededor.
Así, no vivo desvinculado ni aislado de los demás ni de lo que ocurre. Por el contrario, vivo más intensamente, siento más y me solidarizo más.
Al fin y al cabo, cada circunstancia y condición del mundo en el que existimos no determina nuestro destino.
Son solo el contexto desde el cual abrirnos a las posibilidades y, por ende, preguntarnos: ¿quién decido ser en el mundo en el que me ha tocado vivir?
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Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente.
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.



