A veces, el alma no grita.
No rompe.
No colapsa.
Simplemente se inflama.
Fue una mañana luminosa en una finca de Llano Grande, en Colombia.
El silencio se interrumpía apenas por el sonido de los cascos sobre la tierra y el soplo tranquilo del viento.
Ella se llamaba Laura.
Ejecutiva, 42 años, directora regional en una multinacional. Vestía impecable, pero el b…


