Cuando el Yo Falso Comienza a Fracturar
Te comparto mi experiencia de cómo me di cuenta de la prisión del Yo Falso en la cual me encontraba. A la luz de Carl G. Jung y Thomas Merton.
Antes de comenzar…
Esta no es una publicación más en tu bandeja de entrada. Es un momento para ti. Una pausa sagrada en medio del ruido. Un espacio donde recordamos que el trabajo más importante no es el que hacemos allá afuera, sino el que hacemos adentro, con nosotros mismos.
Aquí no hay fórmulas. Solo verdad, presencia y práctica.
¿Somos las máscaras que llevamos?
En el corazón de una noche de hace años, incapaz de conciliar el sueño, me senté en el sillón de la sala. Abrí el cuaderno de mis notas etnográficas y empecé a dibujar. Quería representar el momento de la vida que atravesaba.
Dibujé un autorretrato. Me representé sentado en aquel sillón, desnudo, con los kilos que me sobraban. Una imagen cruda, real, sin adornos. A mis pies, una serie de máscaras que yo mismo había descartado.
Eran la representación de aquellas máscaras que hasta aquel momento había utilizado para relacionarme con el mundo, sentirme a gusto con él, protegerme y representarme. Eran las máscaras que había utilizado como hijo, estudiante, amigo y profesional, para encajar y cumplir con las expectativas.
Pero llegó el momento en que me cansé de usar máscaras, porque me parecía que cada vez me identificaba más con ellas. Me había convertido en una máscara. Eso empezaba a incomodarme y a fastidiarme. Era como sostener una mentira que ya no era soportable.
Detrás de esas máscaras había escondido mis emociones más íntimas, mis pensamientos más atrevidos, mis deseos más hondos. En el esfuerzo por complacer y encajar, me daba miedo mostrarme y revelarme. El miedo al rechazo me tenía secuestrado.
Fue así como durante años —décadas, en realidad— había invertido mucha energía en sostener aquellas máscaras que ahora deseaba tirar al piso.
En su gran mayoría, estas máscaras me habían ayudado a navegar por la complejidad del mundo en el que me crié y a alcanzar mis metas. Habían sido una parte de mi éxito.
Por ende, hoy aún siento gratitud por ellas, porque durante el primer tiempo de nuestra existencia son necesarias para el desarrollo de nuestra individualidad.
Mentiría si dijera que no fueron útiles, incluso necesarias. Es más, reconozco que fue hasta divertido usarlas. Así como es divertido —y quizás hasta preferible— para un actor interpretar un personaje en el escenario, en lugar de vivir su propia vida. Saborea su condición y se siente satisfecho al no ser él mismo.
La necesidad de adaptarnos para encajar
Estas máscaras que utilizamos, Carl Jung las definía como una segunda piel, un sistema de adaptación que vamos adoptando. Mi amigo, el teólogo laico italiano Vito Mancuso, en un libro sobre la libertad, observa:
Formar parte de la familia, de la escuela, del grupo de amigos, de la empresa, del movimiento o de cualquier otro sistema implica una serie de reglas y comportamientos a los que hay que ajustarse, y asigna un rol que hay que desempeñar, con la correspondiente máscara que hay que llevar. (Vito Mancuso, Il coraggio di essere liberi, Garzanti, 2016, p. 14).
Sin darme cuenta, poco a poco, año tras año, empecé a interpretar el guion que otros me habían entregado. Inconscientemente, creía que hacerlo así me llevaría a la plenitud. En realidad, estaba viviendo la vida de otros, no la mía. Es decir, no la que yo estaba llamado a vivir.
Pero cuando empezó mi crisis existencial, alrededor de los 35 años, no sabía de qué se trataba. Solo sentía confusión y la sensación de que vivía con las alas cortadas, como encerrado en una jaula de convenciones que me limitaba y me impedía ser mi verdadero yo.
Escribe también Vito Mancuso:
A veces, además, pertenecer a los distintos sistemas de los que se compone la existencia hace surgir una amarga sensación de prisión, de estar encerrados en una trampa que obliga a repetir lo que ya se ha hecho una y otra vez, impidiendo hacer aquello que se percibe como un profundo deseo, o incluso una verdadera necesidad. (Vito Mancuso, ídem).
Nació en mi interior un fastidio
Fue así como empezó a surgir en mi interior un fastidio, cierta insatisfacción. Ya estaba cansado de interpretar un papel que las máscaras me imponían. Porque, si por un lado yo era las máscaras, al mismo tiempo era mucho más que ellas. Había algo en mí que trascendía mis roles y representaciones. Y ese algo necesitaba salir, mostrarse, expresarse.
Si durante mucho tiempo me había identificado con mis máscaras, ahora sentía la necesidad de desidentificarme. Ya no coincidía con ellas. Me sentía limitado, restringido, disminuido. Pero, si yo no era las máscaras, ¿quién era?
Siempre hay una trascendencia que nos habita y nos distancia de las condiciones y de los frutos de nuestro actuar; somos y no somos nuestras relaciones, somos y no somos nuestras máscaras —escribe Mancuso— (Vito Mancuso, ídem, p. 16).
Todo esto estaba representado en la imagen que dibujé aquella noche de insomnio, sentado en el sillón de la sala. Al mismo tiempo, expresaba también un deseo profundo: zarpar de la realidad que habitaba en aquella estación de mi vida.
Quería reiniciar mi vida. Desidentificarme. Estaba despertando a la realidad de que era mi Yo Falso el que había tomado posesión de mi existencia. Aquel Yo Falso que, en realidad, como lo define el místico Thomas Merton, es una mera ilusión:
Cada uno de nosotros está acompañado por una persona ilusoria: un yo falso… No somos muy buenos para reconocer las ilusiones, y menos aún aquellas que atesoramos sobre nosotros mismos. (Thomas Merton, New Seeds of Contemplation, p. 34).
Yo ya no quería seguir viviendo en la ilusión. El sufrimiento que acompaña la crisis existencial es la señal de que estás despertando.
Empiezas a cruzar un umbral al otro lado del cual está el Yo Auténtico y una nueva experiencia de libertad. Aun cuando comienzas el camino, no eres consciente. Lo que experimentas es confusión, oscuridad, desaliento.
La realidad del Yo Falso
El Yo Falso no es, por sí mismo, algo negativo. No hay que castigarlo. Tampoco hay que sentir culpa.
Carl Jung definió la máscara que utilizamos como «persona», término que en latín se refiere a la máscara que lleva el actor.
La máscara es el resultado de nuestro proceso de adaptación. Es nuestra segunda piel, como escribí antes. Es inevitable que se haya ido formando y consolidando a lo largo de nuestra vida.
No es algo que elegimos de manera consciente. Más bien, se va formando con el tiempo; es un proceso de adaptación para ser aceptados, sentirnos exitosos, lograr nuestros objetivos y protegernos.
De hecho, Carl Jung consideraba la persona, es decir, la máscara, como una expresión de la psique colectiva:
Lo que parecía ser individual, en el fondo, es colectivo… Fundamentalmente, la persona no es nada real: es un compromiso entre el individuo y la sociedad acerca de cómo un hombre debe parecer ser. (Carl Jung, Two Essays in Analytical Psychology, §246).
Es a lo largo de este proceso de formación de nuestra persona, o máscara, cuando en nuestra mente se instalan creencias limitantes y emociones inhibidoras.
Un niño que crece en una familia donde «los hombres no lloran» aprende a suprimir su vulnerabilidad y su tristeza. Con el tiempo, desarrolla un «yo falso» de hombre fuerte e invulnerable que, en la adultez, le impide conectar emocionalmente con su pareja o con sus hijos, aunque en el fondo se sienta solo y desconectado.
Una niña cuya madre solo la elogiaba cuando obtenía las mejores notas aprende que su valor depende de su rendimiento. De adulta, crea una «persona» de alto rendimiento: trabajadora incansable, perfeccionista y siempre ocupada. Detrás de esa máscara se esconde un miedo profundo al rechazo y una creencia limitante: «No soy suficiente si no soy la mejor».
Un joven que creció en un entorno donde expresar opiniones diferentes generaba conflicto o castigo aprende a callar su voz auténtica. Construye un yo falso agradable, complaciente y «fácil de llevar» que le permite evitar confrontaciones, pero le impide defender sus límites y expresar lo que realmente piensa y siente.
El objetivo del Yo Falso es simple: cumplir con las expectativas y las normas sociales, con el papel que la sociedad nos asigna y que aceptamos para interactuar con el mundo externo. El valiente, el fuerte, el bueno, el honesto, el inteligente, el cumplidor, etc.
La sobreidentificación con el Yo Falso
Sin embargo, con el paso del tiempo, esta «segunda piel» puede volverse rígida. Lo que empezó como una estrategia útil de protección y aceptación se convierte en una jaula invisible.
Las creencias limitantes («debo ser perfecto para ser querido», «si muestro debilidad, me rechazarán», «mis necesidades no importan») y las emociones inhibidoras (vergüenza, culpa, miedo al fracaso o al abandono) se instalan con tanta fuerza que terminan por desconectarnos de nuestra esencia auténtica.
El problema surge cuando olvidamos que la máscara es solo un rol, no nuestra totalidad.
De hecho, cuando la Persona se vuelve demasiado rígida, perdemos contacto con aspectos vitales de nuestro ser: la espontaneidad, la vulnerabilidad, la creatividad, el deseo auténtico e incluso con partes «oscuras» pero necesarias (la rabia sana, la tristeza reparadora, la capacidad de decir no).
Como explica el psicoanalista Donald Winnicott, lo que comienza como una adaptación necesaria para mantener el vínculo con los cuidadores puede convertirse, con el tiempo, en una coraza que oculta la vitalidad y la creatividad auténtica.
Era lo que me estaba pasando. Lo que yo percibía como insatisfacción y aburrimiento no era más que mi Yo Auténtico, que quería expresarse, manifestarse y tomar las riendas de mi vida. Algo importante, vital e incluso maravilloso estaba despertando.
Fue el amanecer de una libertad nueva y más auténtica. Pero de eso te cuento en otra bitácora.
Una pregunta para contemplar
El Yo Falso, por tanto, no es un error ni un defecto que debamos eliminar. Es una construcción inteligente y necesaria que nos permitió sobrevivir, adaptarnos y encontrar un lugar en el mundo.
Al mismo tiempo, solo el Yo Auténtico puede ser verdaderamente creativo y sentir que está realmente vivo.
Sin embargo, todos llevamos esta dualidad dentro. La máscara que nos protege también puede alejarnos de esa vitalidad silenciosa que habita detrás.
Al final, la pregunta que queda suspendida no es cómo deshacernos del Yo Falso de un día para otro, sino algo más sutil y personal:
¿En qué momentos de mi vida siento que estoy actuando un rol que ya no me representa del todo? ¿Qué parte de mí permanece aún protegida, esperando ser vista, sentida y vivida con mayor libertad?
Vocabulario: Persona
Carl Jung denominó «Persona» al aspecto de la psique que actúa como una máscara social.
Tomando el término del latín, donde persona designaba la máscara que llevaban los actores en el teatro antiguo, Jung la concibe como un sistema complejo de relaciones entre la conciencia individual y la sociedad.
Esta máscara sirve, por un lado, para causar una impresión definida en los demás y, por otro, para ocultar la verdadera naturaleza del individuo. No es algo puramente personal, sino un segmento de la psique colectiva: un rol que adoptamos para adaptarnos al mundo exterior, cumplir con las expectativas sociales y desempeñar las funciones que la vida nos exige (el profesional competente, el padre responsable, el amigo agradable, etc.).
Jung subrayaba que, en el fondo, la Persona no es nada real en sentido estricto; es un compromiso entre el individuo y la sociedad acerca de cómo una persona debe parecer ser.
Lo que parece individual muchas veces no es más que la expresión de patrones colectivos. Cuando esta máscara se vuelve demasiado rígida, o cuando nos identificamos completamente con ella, corremos el riesgo de perder contacto con nuestra individualidad auténtica.
Sin embargo, Jung no la consideraba negativa en sí misma: es una herramienta necesaria para la convivencia y la adaptación. El desafío consiste en reconocerla como tal —una herramienta flexible— y no confundirla con la totalidad de nuestro ser.
La Pista: La lectura de la semana
Es su última y más accesible obra. Escrita para el público general, explora el mundo de los símbolos, los sueños y el inconsciente colectivo. Con un lenguaje claro y abundantes imágenes, Jung revela cómo los arquetipos y los símbolos guían nuestra psique, ayudándonos a comprender la máscara de la Persona y el camino hacia una mayor integración interior.
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Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.



