Hace unas semanas te escribí sobre un almuerzo en Lima con dos artistas peruanos de raíz inca y sobre la pregunta que me dejaron: ¿qué es traje y qué es piedra? Hablé de las máscaras que nos ponemos para ser aceptados y de una esencia que permanece, pero que también crece.
Casi al final escribí una frase de pasada: «También se vuelve a uno mismo a través de los demás». La dejé ahí, como una puerta entreabierta. El miércoles 21 de octubre, en Ámsterdam, alguien la abrió del todo. No fue en una conversación, sino en una pista de baile.
Primera fila en el Ziggo Dome
Estaba en la ciudad por el Amsterdam Dance Event, el gran encuentro anual de la música electrónica, y esa noche conseguí un lugar en primera fila para escuchar a Black Coffee, el DJ sudafricano que llevó el afro house de los barrios de su país a los escenarios más grandes del mundo.
Antes de él tocaron tres DJs. Con el último, el suizo Jimi Jules, sonó una canción que enumeraba: «I am a father, I am a lover, I am a daughter». Soy padre, soy amante, soy hija. Me quedé pensando en esa lista. Ninguna de esas palabras se puede pronunciar en soledad. Nadie es padre sin un hijo, ni amante sin otro cuerpo, ni hija sin alguien que la haya criado. Las identidades que sentimos más nuestras son, todas, relaciones.
Cuando Black Coffee llegó a los controles, el recinto estaba lleno. A mi alrededor había muchachos de veinte años y parejas de mediana edad, personas de muchos orígenes. Nadie sabía el nombre de nadie. Durante tres horas alternó la intensidad de un groove que vibraba en el pecho con momentos de liberación. Creaba expectativa, y luego sorpresa. Nos llevaba a su mundo.
En cierto momento, una voz preguntó: «What is house?». ¿Qué es el house? Y la música volvió a las raíces, a la madre África. Esa noche anoté en mi diario que, más allá de nuestra diversidad, hay una humanidad compartida. Que la diversidad es la manifestación rica de la unidad. Que no son dos realidades separadas, sino una sola.
«Nuestra casa»
La pregunta tiene una respuesta antigua. El house nació en Chicago a comienzos de los años ochenta, en clubes donde se reunían quienes no eran bienvenidos en otras partes. En 1987 se grabó una especie de sermón que todavía suena en las pistas. Una voz narra el génesis de esta música y dice: «Una vez que entras en mi casa, se convierte en nuestra casa». Y luego: «Puedes ser negro, puedes ser blanco, judío o gentil. En nuestra casa no hay diferencia».
El etnomusicólogo Luis Manuel Garcia-Mispireta estudió durante años las pistas de Chicago, París y Berlín. Llama «intimidad entre desconocidos» a lo que ocurre allí: gestos de calidez, de compartir y de vulnerabilidad entre personas que no se conocen. Lo que más me impresiona es que esa cercanía no depende de saber quién es el otro. Basta con estar ahí, sintiendo juntos la misma música.
Una historia hecha de otros
Black Coffee se llama Nkosinathi Maphumulo. En 1990, el día en que Nelson Mandela salió de prisión, celebraba en las calles de Mthatha cuando un auto con las luces apagadas embistió a la multitud. Tenía trece años y perdió el uso del brazo izquierdo. Desde entonces mezcla con una sola mano.
Sería fácil contar su vida como la de un hombre que se hizo solo contra todo. Pero al escuchar sus entrevistas encontré otra cosa: una historia llena de otros. Cuando todavía era casi un desconocido, hizo un remix de «Stimela», una canción del trompetista Hugh Masekela, antes de saber cómo pedirle permiso. Fue Oskido, a quien hoy llama su mentor, quien organizó el encuentro. Masekela le dio su bendición.
Años después grabaron juntos «We Are One». Su hijo, que tenía unos once años, cantó el estribillo: tres generaciones en una canción. Cuando Louie Vega hizo el remix en Nueva York y conoció esa historia, sumó a su propio hijo, a su esposa y a toda su banda. En Sudáfrica, la canción terminó sonando como un llamado contra la violencia xenófoba. Y la cadena siguió: a Culoe De Song lo conoció cuando aún iba al colegio, incluyó una canción suya en su disco y lo alojaba en su casa cuando el muchacho viajaba a Johannesburgo.
Lo que desde la pista parece el talento de un solo hombre es una cadena de manos. Me conmueve pensarlo en alguien que mezcla con una sola.
Lo que Ámsterdam corrigió en mí
Tengo que confesarte algo. Escribo a menudo sobre el silencio y la soledad. En septiembre te conté que quería «bajarme del bus» y te propuse elegir la quietud y la soledad, entendida como la capacidad de estar con uno mismo. Lo sigo creyendo. Pero en Ámsterdam vi el riesgo que acecha a quienes amamos el camino interior: creer que la evolución es un asunto privado, que basta con meditar, leer y retirarse para llegar a ser quien uno es. Es otra versión de lo que te describí entonces, un ego que se disfraza de iluminación.
Pensé en el dibujo que hice a los 38 años, aquella noche sin sueño: yo, desnudo, sentado en un sofá, con un montón de máscaras a los pies. En ese dibujo estaba solo, y tenía sentido. Hay máscaras que uno se quita a solas, mirando el techo. Pero aprender a vivir sin ellas fue obra de muchos: conversaciones, amistades, maestros, las personas a las que acompaño.
Los Padres del Desierto, a los que vuelvo una y otra vez, lo sabían. San Antonio pasó casi veinte años en un fuerte abandonado del desierto egipcio. Cuenta su biógrafo, Atanasio, que fueron sus conocidos quienes forzaron la puerta, y que él salió «como de un santuario». A ese maestro de la soledad se le atribuye una de las frases más claras sobre los demás: «Nuestra vida y nuestra muerte están en el prójimo». El desierto lo preparó; el encuentro lo completó.
Martin Buber lo escribió en 1923, en Yo y tú: «El ser humano se convierte en yo a través del tú». No me realizo a pesar del otro, ni al margen de él. Me realizo y me expando a través de él.
La piedra tampoco crece sola
En Lima te hablé de los muros incas del Qorikancha, en Cusco, que resistieron el terremoto de 1950 mientras la construcción colonial se agrietaba. Te dije que quería detenerme frente a ellos. Después de Ámsterdam, los miro de otra manera.
Esos muros están hechos de piedras distintas, ninguna igual a otra, talladas para encajar con sus vecinas sin argamasa. Ninguna se sostiene sola: lo que las mantiene en pie es la forma en que se ajustan unas a otras. Se cuenta que, durante los sismos, esas piedras bailan y luego vuelven a su lugar.
Creo que la piedra de la que te hablé, eso que permanece en nosotros, funciona igual. Nuestra singularidad no existe para separarnos. Una piedra sola se puede pulir, pero su forma cobra sentido en el muro, y encaja precisamente porque es irrepetible. Aquella noche lo sentí en el cuerpo: la diversidad no amenaza la unidad, la hace posible.
Vivimos en una sociedad que ha convertido la singularidad en aislamiento. Pocos se atreven a salir de su burbuja. Repetimos monólogos que no se abren al diálogo y miramos el mundo como un espejo donde solo encontramos nuestro reflejo. Por eso me atrevo a decirlo así: en aislamiento no hay evolución. Uno puede mantenerse, protegerse, incluso pulirse. Crecer, no.
Cinco prácticas para no evolucionar solo
Haz tu genealogía de otros. Escribe los nombres de las personas a través de las cuales llegaste a ser quien eres. No solo tus maestros: también quien te contradijo, quien te abrió una puerta, quien te necesitó. Black Coffee tiene a su Masekela y a su Oskido. ¿Quiénes son los tuyos?
Busca un lugar donde no seas nadie. Una pista de baile, un coro, una caminata en grupo, una clase donde nadie conozca tu cargo. Sin biografía, el cuerpo aprende a estar con otros.
Deja que te den forma. Pregúntale a alguien que te conozca bien qué ve en ti que tú no ves. Escucha sin defenderte. Las piedras incas se tallaron mirando a sus vecinas.
Abre tu casa. Sé tú el Masekela o el Oskido de alguien que empieza. Que quien entre en tu casa sienta que también es suya.
Regresa del desierto. Conserva tu silencio. Pero al terminar cada retiro o cada meditación, pregúntate qué traes de vuelta y para quién.
Cuando terminó el set, a medianoche, miles de desconocidos volvimos a ser personas con nombre, idioma y pasaporte, y nos dispersamos en la noche de Ámsterdam. No volveré a ver a nadie de los que bailaron a mi lado. Sin embargo, salí de allí un poco más yo que cuando entré.
Hoy te dejo una sola pregunta: ¿a través de quién te estás convirtiendo en quien eres?
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Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.



