Amar sin correr: una nota sobre el "centro".
A veces el cansancio no viene de amar demasiado, sino de amar sin eje. Detenerse permite que algo se quede. Y cuando el amor deja de dispersarse, aparece una forma distinta de estar.
Antes de comenzar…
Esta no es una publicación más en tu bandeja de entrada. Es un momento para ti. Una pausa sagrada en medio del ruido. Un espacio donde recordamos que el trabajo más importante no es el que hacemos allá afuera, sino el que hacemos adentro, con nosotros mismos.
Aquí no hay fórmulas. Solo verdad, presencia y práctica.
Escribo impulsado por una inquietud que me acompaña desde hace tiempo, especialmente en esos días en los que todo parece estar en su lugar y, sin embargo, algo dentro de mí no termina de encajar.
A veces reflexiono que no estamos cansados por amar poco, sino por amar sin un centro.
Amamos en respuesta, explicando, justificando y sosteniendo. Amamos en movimiento. Y al final del día, cuando el ruido se apaga, queda una sensación extraña: hemos hecho mucho, hemos estado para muchos, pero algo queda suelto.
No sé si a ti te sucede.
Agustín: Amar no es poco; es desordenado.
Regreso una y otra vez a la historia de Agustín de Hipona. No al santo de los vitrales, sino al hombre que existía antes de su conversión. Inteligente, brillante, deseado. Un hombre que amaba con intensidad.
Agustín no carecía de amor; al contrario, amaba el placer, las palabras, el reconocimiento, la admiración y a las personas. No obstante, su amor se dispersaba en demasiadas direcciones simultáneamente. Nada tenía el peso suficiente para detenerlo.
Al leerlo, uno percibe ese ruido interior: deseos que no se comunican entre sí, ambiciones que prometen pero no cumplen, relaciones que generan más nostalgia que conexión. No es que faltara algo; es que todo estaba suelto.
Hasta que ocurre algo que no tiene nada de heroico ni moral. No “decide” ser mejor. Lo que sucede es más simple y radical: su amor encuentra un centro.
Entonces escribe una frase que, cada vez que la leo, me incomoda un poco (en el buen sentido): Amor meus, pondus meum. Mi amor es mi peso (gravitas).
El peso no oprime. El peso orienta. Te indica hacia dónde vas incluso cuando no lo estás pensando.
Cómo vivimos hoy el amor (y por qué nos agota)
A veces me pregunto qué pensaría Agustín si viera cómo hablamos del amor en la actualidad. El amor se ha tornado visible, medible, gestionable. Se expresa a través de mensajes, tiempos de respuesta, emojis adecuados, y una presencia constante.
Se confunde con disponibilidad total. Basta que alguien no responda como esperamos para que surja la ansiedad. Un silencio un poco más prolongado es suficiente para que empecemos a interpretar todo. Una diferencia basta para sentirnos amenazados.
Yo mismo caigo en esto más a menudo de lo que me gustaría aceptar.
Hay momentos en los que confundo amar con sostenerlo todo, con no fallar, con no incomodar. Y, curiosamente, es en esos momentos donde el amor se torna más frágil, más tenso, menos libre.
Aquí resuena mucho lo que Byung-Chul Han escribe.
Han sostiene que el amor agoniza porque hemos perdido la capacidad de la distancia, de la espera, del eco. Todo debe ser inmediato, visible, compartido. Pero lo que siempre está expuesto no madura. No se asienta. No crea mundo.
Cuando el amor se convierte en una prestación —algo que hay que hacer bien, demostrar, optimizar—, deja de ser una fuerza generadora y se transforma en una tarea más.
El amor como vínculo que crea mundo
Cuando el amor se convierte en un principio ordenador, no está destinado a hacernos sentir bien todo el tiempo, sino a evitar que la vida se nos desmorone.
Cuando el amor ordena, no elimina los conflictos, sino que los vuelve habitables. No borra las diferencias, pero impide que se conviertan en guerra.
Agustín lo intuyó: cuando el amor encuentra un centro, la carrera se detiene un poco. Ya no hace falta juntar, ni demostrar, ni subir peldaños. Se entra. Y lo que se encuentra, por alguna razón, no se desarma.
Tal vez hoy requiramos menos declaraciones y más amor que actúe como eje. Menos espectáculo y más gravitación. Un amor que no se haga notar tanto, pero que sostenga.
Porque el amor no solo une a dos personas, sino que crea el mundo en el que esas personas viven. Y de ese mundo, otros participarán, nos guste o no.
Cinco prácticas imperfectas para un amor que ordena.
No son reglas, son recordatorios. Algunas las ejecuto mal. Otras, apenas las estoy aprendiendo.
Esperar antes de responder. No siempre, pero a veces. El amor también implica permitir que algo resuene antes de expresarlo.
Escuchar sin preparar la respuesta. Esta me cuesta mucho, pero cuando lo logro, algo se relaja entre ambos.
Cuidar lo que no se muestra. No todo amor necesita audiencia. La interioridad también es una forma de cuidado.
Elegir la presencia antes que la eficiencia. Estar sin resolver. Acompañar sin explicar. No siempre sé hacerlo.
Preguntarme qué mundo estoy creando. Con este gesto, con este tono, con este silencio. Esta pregunta me ordena más de lo que imagino.
No sé si esto es suficiente. Pero intuyo que cuando el amor deja de ser una prestación y vuelve a ser un principio que ordena, algo se recompone. Adentro. Entre nosotros. Y en el mundo —frágil, imperfecto— que estamos creando cada día, casi sin darnos cuenta.
Si disfrutaste esta lectura, el mejor halago que podrías darme es compartirla con alguien o hacer un restack.
Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente.
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.




El amor como acto de respirar, de ese balance entre la inhalación y la exhalación, pero encontrar ritmo y sentir la pausa. No se trata de dar mucho amor (exhalar), tampoco de recibir mucho amor (inhalar) se tratar de vivir entre esos dos momentos! Abrazo querido Aldo.