Cómo un paramilitar me enseñó el arte de saber escuchar.
Cómo un encuentro improbable con un joven paramilitar me dio una lección definitiva sobre el arte de la escucha.
Un encuentro improbable
Se llamaba Luna. Era un mando de rango medio de los paramilitares. Estaba a cargo de uno de los barrios de las laderas de Medellín.
Cuando lo conocí en 2005, era aún joven. No recuerdo con exactitud su edad en ese entonces. Alrededor de los 25 años. Se había desmovilizado individualmente para evitar ser asesinado por sus propios compañeros.
Empezó su carrera en la violencia a los 12 años. Me contó que fue su primo quien lo inició en el sicariato. Luna manejaba la moto. El primo, sentado atrás, apuntaba y disparaba contra su objetivo. Para Luna, todo empezó por el juego. Después me dijo que matar se había vuelto un deporte, una adicción.
Una mañana estábamos sentados los dos en una pequeña oficina del centro de Medellín. Hacía calor. Yo sudaba. Luba se había quitado la camiseta y pude notar una cicatriz larga, espesa y oscura en su espalda, un recuerdo de un tiro que casi le quitó la vida.
Luna me estaba contando apartes de su historia que yo estaba recogiendo en mi trabajo etnográfico para mi tesis doctoral en antropología.
Escuchaba con atención lo que Luna me compartía. Era una historia de vida tan distante y distinta de la que yo había vivido. Sus cuentos me llevaban a las entrañas de un mundo para mí desconocido, que no imaginaba que pudiera existir. Ahora su historia me permitía adentrarme un poco en los laberintos más oscuros de la humanidad.
En un momento dado, Luna empezó a contarme, con gran atención al detalle y de forma exageradamente gráfica, las técnicas que utilizaba para asesinar, descuartizar y desaparecer a sus víctimas.
Un sentido de repulsión brotó como una erupción de lava de mis entrañas. Sentí profundo asco y repulsión. Advertí una contracción pulmonar que dificultaba la respiración. El instinto era apagar la grabadora, salir huyendo de la oficina, dejar a Luna solo.
De repente, mientras Luna seguía su cuento, se me presentó una voz en el interior. “Muy fácil para ti juzgar a Luna. Te criaste en un entorno donde no conociste el desmoronamiento que marcan las sociedades atravesadas por la violencia. Nunca sentiste amenazada tu vida, nunca tuviste que recurrir a la capacidad de violencia que también alberga en ti”.
Dicen las primeras líneas de la novela Gatsby:
En mis años mozos y más vulnerables, mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha dejado de rondarme la cabeza. “Cuando sientas deseos de criticar a alguien —me dijo—, recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas ventajas que tú tuviste”.
Algo así me pasó cuando estaba sentado frente a Luna y se me presentó aquella voz en mi mente…
¿Cuál es la calidad de tu escucha?
En aquel momento entendí que estaba escuchando a Luna desde un pedestal moral. Que lo estaba juzgando según mis criterios y mi experiencia de vida. Era una escucha que me estaba alejando de él. Porque, en realidad, no era escucha, sino juicio moral.
Cada vez que juzgamos al otro, creamos una brecha, una separación. Deshumanizamos al otro y a nosotros mismos.
Al darme cuenta de lo que estaba pasando en mí, sentí un cambio. Mi corazón se abrió a una profunda comprensión de Luna y su trágica historia. También sentí compasión.
¿Cómo habría sido mi existencia si me hubiera criado en el mismo entorno que Luna? ¿Y si a los doce años mi primo me hubiera utilizado como conductor en las misiones de muerte? Quizás sería yo quien contara la experiencia de una vida atrapada en la violencia.
Sobre todo reconocí, no tanto intelectual como existencialmente, que la capacidad de recurrir a la violencia también existía en mi interior. Solo que era dócil porque no tenía que recurrir a ella.
Escuchar empáticamente
Toda esta realización se dio en unos segundos. Fue un momento de quiebre en la calidad, como seguí escuchando a Luna. Ya no prestaba atención solo a sus palabras o a los hechos que me compartía, como si fueran información por recopilar.
Empecé a escuchar desde una dimensión más profunda, abierta. Ahora quería entender, comprender. No solo su biografía, sino también la realidad más amplia y compleja que su relato revelaba.
Me di cuenta de que, para lograrlo, tenía que silenciar el ruido en mí. Aquel causado por mis prejuicios, mis posturas, mis vivencias. En otras palabras, tenía que guardar silencio en mí para poder escuchar auténticamente al otro.
Me di cuenta de que cuando uno escucha para comprender, se crea un vínculo sincero y auténtico con el otro, no importa cuán diverso y distante sea el mundo del otro respecto al mío. Pero solo la escucha profunda permite que dos mundos distantes se acerquen.
Descubrí que la escucha es un elemento fundamental de la solidaridad, de la compasión, del amor. La escucha profunda te transforma y, al mismo tiempo, transforma al otro.
Cuando escuchas desde el espacio generado por el silencio interior, creas una presencia que se convierte en el regalo más precioso que puedes hacer al otro y a ti mismo.
El maestro zen Thich Nhat Hanh escribió:
El regalo más preciado que podemos dar a los demás es nuestra presencia. Cuando nuestra atención plena abraza a los que amamos, florecen como flores.
Escuchar crea mundos compartidos.
Hoy escuchar se ha vuelto lo que hago profesionalmente. Escucho a líderes que quieren encontrarse a sí mismos, encontrar motivaciones profundas y propósitos más altos para lo que hacen y convertir las heridas de la vida en una oportunidad para crecer.
Creo que no escucharía a las personas que acompaño así como hoy las escucho, conectándome y comprendiendo sus intenciones y verdades más profundas, si no fuera por aquel encuentro con Luna, que me marcó.
A pesar de nuestras diferencias, con Luna se creó un vínculo de amistad y hermandad profundo. Me permitió entrar en su vida. También pude conocer a su compañera y a su pequeño hijo. Yo le presenté a varios de mis amigos en Medellín. Todos juntos fuimos a ver una película y fue la primera vez que Luna entró a un cine.
Me di cuenta de que, por primera vez en su vida, estaba experimentando una escucha sincera y una amistad incondicional, algo improbable.
Cada vez que regresaba de Medellín a Nueva York, donde vivía en ese entonces y trabajaba como profesor, Luna atravesaba un duelo. Al despedirnos, me entregaba cartas muy bonitas, con sentimientos que uno no asocia con quienes, durante varios años, ejercieron poder de vida y de muerte sobre sus víctimas. Yo la leía y muchas veces me conmovía hasta las lágrimas.
Un día estábamos conversando por Internet. Yo estaba en Nueva York y Luna había retomado los viejos caminos. Su pasado pudo más que sus deseos de cambiar. Me escribió aquel día:
“Si hubiera podido estudiar y las circunstancias me lo hubieran permitido, me habría encantado ser uno de tus estudiantes”.
Le respondí que había compartido con mis estudiantes parte de lo que había aprendido de él y que, de ese modo, también se había convertido en profesor de ellos.
Entonces escribió:
“Me gustaría que [tus estudiantes] aprendieran que la guerra no tiene nada de bueno y que no hay nada mejor que tener una vida junto a tu familia y vivir en paz”.
Fue mi última conversación con él. A las pocas semanas, en una vereda de Antioquia, un sicario se encargó de poner fin a su vida.
Han pasado casi veinte años desde entonces. Pero la lección que Luna me enseñó sigue presente en mí.
Desde aquella calurosa mañana, en una angosta oficina del centro de Medellín, no he logrado juzgar a alguien por su condición de vida ni por su posición ideológica.
Más bien me motiva entender los caminos tortuosos que llevan a uno a ser como es. La condición es escuchar desde un silencio interior que nace al suspender tu mundo, para poder entrar en el del otro. Para permitir que la historia del otro te permee.
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Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.



