Hubo una etapa en mi vida en la que todo se sentía pesado. Mi cuerpo inflamado, mi energía casi inexistente, y mi mente —completamente nublada— no veía más allá de la fatiga. Los días transcurrían como una larga sucesión de agotamiento, y el futuro, en lugar de proyectarse como un horizonte lleno de posibilidades, se desvanecía en una niebla de desesper…
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