Desintoxicación ontológica: cómo viví 9 días de silencio.
Te comparto una experiencia íntima y personal que hice en Semana Santa, durante la cual llevé a cabo los Ejercicios Espirituales de San Ignacio.
Antes de comenzar…
Esta no es una publicación más en tu bandeja de entrada. Es un momento para ti. Una pausa sagrada en medio del ruido. Un espacio donde recordamos que el trabajo más importante no es el que hacemos allá afuera, sino el que hacemos adentro, con nosotros mismos.
Aquí no hay fórmulas. Solo verdad, presencia y práctica.
Me aislé en silencio durante 9 días.
Quiero compartir contigo la experiencia que viví durante la Semana Santa. Me retiré en silencio durante nueve días para realizar los ejercicios espirituales de San Ignacio.
Desde hacía años deseaba vivir esta experiencia, y cuando se presentó la oportunidad, no dudé en aprovecharla.
Mientras me dirigía al lugar en las afueras de Medellín, me cuestionaba qué me esperaba. ¿Cómo sería la experiencia? ¿Cómo sería estar en silencio durante nueve días?
No era el silencio en sí lo que me generaba temor, sino la curiosidad sobre lo que sucedería y con qué me encontraría al distanciarme del ruido y de la ocupación constante.
Sin conversaciones, noticias ni música. ¿Qué podría escuchar al optar por una interrupción tan radical?
Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola no son un retiro de bienestar. Es un método antiguo y probado. Una pedagogía del alma.
Durante nueve intensos días, me sumergí en una serie de meditaciones y contemplaciones meticulosamente diseñadas para afinar algo que parece haber desaparecido en nuestra vida moderna: la capacidad de reconocer, escuchar y discernir lo que se mueve en las profundidades de nuestro ser.
A lo largo de este viaje, llevé conmigo una libreta que, con el paso del tiempo, se transformó en un diario espiritual.
Allí, anoté los sutiles movimientos internos que, día tras día, emergían desde lo más profundo de mi esencia. Eran emociones que despertaban como ecos lejanos, resonando en cada rincón de mi ser.
Estos movimientos interiores se veían facilitados por la estructura precisa y deliberada de los ejercicios espirituales ignacianos.
No eran meras improvisaciones ni invitaciones a flotar de manera descontrolada en el silencio; eran métodos claros y definidos: meditaciones, contemplaciones, y exámenes de consciencia que iluminaban la oscuridad.
Cada momento tenía su lugar significativo, y cada silencio estaba impregnado de un propósito único y revelador.
Mirar tu propio abismo.
Fue como emprender un viaje.
Al principio, es una travesía hacia tu propio abismo. Es un proceso de familiarización con tu sombra. Es descubrir tus fragilidades, debilidades y limitaciones.
Te enfrentas a tus errores y te haces consciente de tu Yo Falso.
El silencio actúa como un amplificador de tu inautenticidad, como un espejo que refleja tu verdadero ser.
Te das cuenta de la distancia que has creado entre tus pensamientos, comportamientos y acciones, y tu esencia, es decir, quién realmente estás destinado a ser, y la persona en la que te has convertido.
Es un enfrentamiento directo con tu ego. El silencio no te permite ocultarte ni evadir este encuentro.
Te sientes como Dante al inicio de su viaje a través de los giros del infierno. El poeta escribe en la apertura de la Divina Comedia:
“A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba, porque mi ruta había perdido”.
Esto es un poco lo que he experimentado. Sin embargo, aunque esta experiencia pueda parecer al principio como un trago amargo, también es profundamente liberadora.
El delirio de tu autosuficiencia
La toma de conciencia de tu vulnerabilidad, que la soledad y el silencio de los ejercicios hacen ineludible, te revela lo erróneo e insuficiente que resulta confiar únicamente en ti mismo y creerte capaz de enfrentar, solo con tu esfuerzo, las dificultades y obstáculos de tu vida.
Comprendes que no podrás ser tu propio salvador, que no puedes ser el artífice de tu crecimiento personal y espiritual.
Por mucho que lo intentes y por más voluntad que tengas, existe una herida ontológica en tu interior que te impedirá la autorredención.
Además, te das cuenta de la soberbia y el orgullo que envuelven a tu ego al pensar que puedes hacerlo solo, que un acto de voluntad individual es suficiente. En cambio, la inmersión en el silencio también actúa como un baño de humildad.
Superar tus fragilidades y trascender tus errores y debilidades requiere una lucha espiritual, pero no es una lucha que puedas ganar en solitario.
Esta toma de conciencia te hace vulnerable y te pone de rodillas, abriendo tu corazón a una dimensión más amplia.
Al elevar la mirada, te das cuenta de la presencia de Dios en tu interior. Siempre ha estado allí, pero el ruido del mundo y la distracción de tu ego te han impedido percibirlo. Así es como vives en una separación, sumido en un delirio de autosuficiencia.
En esta experiencia, las narrativas que tienes sobre ti mismo comienzan a tambalearse.
Tus explicaciones consolidadas se ven amenazadas, y las creencias que has convertido en dogmas que organizan tu vida empiezan a desmoronarse. Las capas y capas de interpretación acumulada que confundes con tu verdadera identidad se desvanecen.
Cuando llega este momento, es como si algo se aflojara, como si un nudo que ni siquiera sabías que llevabas se deshiciera por sí solo. Es un alivio sutil: el de soltar algo que estabas sosteniendo sin darte cuenta.
Así, todo se revela tal como es: una construcción, una ficción a la que has entregado tu voluntad, tus fuerzas, tu inteligencia y tu alma. Una construcción que, aunque útil, no representa la realidad última.
No sabría precisar en qué momento exacto ocurrió, pero en algún instante comienzas a habitar el silencio. Ya no es algo que debas gestionar, optimizar o desperdiciar.
En cambio, el silencio se convierte en un hogar, en el entorno en el que verdaderamente existes.
Detoxificación Ontológica
Esto es lo que llamo detoxificación ontológica: un proceso mediante el cual dejamos de reaccionar automáticamente, dejamos de crear versiones de nosotros mismos para el consumo ajeno. Algo más profundo —más antiguo y real— comienza a encontrar su espacio.
No es que me haya transformado en otra persona; es que, durante unos días, dejé de esforzarme tanto por ser la persona que creo ser. En ese espacio, algo comenzó a respirar.
Es en este contexto donde, junto a la conciencia de tu Yo Falso, despierta tu Yo Auténtico.
Esto es, tu esencia más verdadera y pura. La descubres en ti no solo como una realidad, sino también como posibilidad, elección y llamado.
Es una toma de conciencia que te abre, te expande y te permite respirar. Es un momento de unidad total en el que sientes que eres parte de Dios.
Comprendes que Él no habita únicamente en los cielos, sino en ti. El cielo está dentro de ti, y eres un pequeño sol que vive junto al gran sol. Brillas y te nutres de la misma luz.
El costo de vivir saturados
Comparto esta experiencia personal porque creo que señala algo que nos concierne a todos: vivimos saturados.
No solo de información, de obligaciones y de tareas, sino también de nosotros mismos. De nuestras narrativas, de nuestras urgencias y de las versiones públicas que proyectamos; de nuestras máscaras detrás de las cuales intentamos ocultar nuestras fragilidades, temores y traumas.
Esta saturación tiene un costo que rara vez mencionamos: nos aleja de quienes somos cuando nadie nos observa, cuando nada nos exige, cuando el silencio deja de ser incómodo y se convierte, simplemente, en el lugar donde habitamos; un hogar.
Por el contrario, la oportunidad de abrirnos al silencio radica en reconectarnos con nuestro Yo Auténtico. Es resintonizar nuestra existencia con nuestra esencia genuina y, a su vez, acceder a la verdadera plenitud.
Vocabulario: Discernimiento
(Cada semana te sugiero un término que puede acompañarte en tu proceso de autoconocimiento). Con el tiempo vas a crear un vocabulario de tu despertar).
No es tomar buenas decisiones. Eso sería demasiado simple.
El discernimiento, en la tradición ignaciana, es algo más preciso y más exigente: la capacidad de distinguir qué movimientos internos nos acercan a lo que somos —y cuáles nos alejan, aunque vengan disfrazados de razón, de deber, o de sentido común.
Ignacio lo desarrolló a partir de su propia experiencia. Convaleciente después de una batalla, con demasiado tiempo y pocos libros, notó algo: ciertos pensamientos lo dejaban con una energía que se sostenía. Otros, aunque atractivos al inicio, terminaban por dejarlo vacío. Esa diferencia —sutil, corporal, casi imperceptible— era información.
El discernimiento entrena esa lectura. No de los argumentos, sino de los rastros que dejan en nosotros.
En un mundo que privilegia la velocidad y la certeza, discernir es un acto de resistencia: requiere pausa, requiere honestidad, requiere tolerar la ambigüedad durante el tiempo suficiente para que algo verdadero emerja.
No es una técnica. Es una forma de habitar la propia vida con más atención.
La Pista: el libro de la semana.
Un libro breve y sereno, escrito desde la tradición budista pero sin jerga ni distancia. Thich Nhat Hanh parte de una pregunta simple: ¿qué ocurre cuando dejamos de llenar cada momento con ruido?
Lo que sigue no es una respuesta técnica sino una invitación — a caminar más despacio, a escuchar lo que está debajo de la superficie, a descubrir que el silencio no es ausencia, sino presencia de otro tipo.
Te pregunto…
Quizás la lectura de esta experiencia que te quise compartir te lleve a reflexionar sobre los ruidos en los que estás inmerso.
Quizás te preguntas si estos ruidos no son más que una técnica que has desarrollado para no sentir de verdad. Una forma de vivir anestetizados. Para aguantar la existencia. Para controlarla.
¿Pero qué pasaría si decidieras despertar al silencio? ¿Qué estarías escuchando en ti mismo si el ruido —por un momento— dejara de cubrirlo?
Si disfrutaste esta lectura, el mejor halago que podrías darme es compartirla con alguien o hacer un restack.
Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.




Excelente experiencia.