En estos días, un amigo me compartió las angustias que lo atormentan. Me confesó que llegó a tener pensamientos suicidas. La fuente de su malestar es una realidad marcada por la presión de tener que rendir constantemente y optimizar. Definitivamente un mal común de nuestros tiempos.
Es como si se sintiera parte de un rebaño que corre en una dirección que no comparte y del cual le cuesta salirse para emprender otro camino, su camino.
Mientras lo escuchaba, se me vino a la mente la genial película de Charlie Chaplin, Tiempos Modernos.
Escuché detenidamente a mi amigo. Percebí claramente su malestar. Comprendí vivamente las razones de su angustia.
“Muchas veces detrás de un deseo de muerte, en realidad hay una invitación, un deseo profundo, a dejar morir un aspecto de nuestra existencia, para que algo nuevo pueda nacer”, le dije.
Le mencioné que, a lo largo de mi vida, había aprendido que los momentos de vacío existencial que vivimos corresponden, en realidad, a la gestación de algo nuevo que aún ni vemos ni percibimos. Por eso nuestra angustia.
Pero este vacío es la semilla que muere, para que algo nuevo pueda florecer.
Prisioneros de la Matrix
Por eso hay que salirse de la matrix (la semana pasada escribí sobre mi deseo de bajarme del bus) —es decir, del rebaño del cual mi amigo se siente prisionero—.
La matrix es el conjunto de normas, hábitos, creencias y condicionamientos que moldean nuestra vida cotidiana y que damos por sentado.
Creemos que estamos viviendo nuestra vida y, en realidad, somos como los extras que recitan un guión escrito por otros — otros cuya agenda económica y política necesita que seamos una oveja más del rebaño.
La crisis existencial surge cuando empezamos a tomar conciencia del rebaño en el que vivimos, de nuestra condición de muertos en vida. Walking dead, zombies.
Salirse de la Matrix.
Ahora bien, salir de la matrix es posible.
Aun si toda vez son más refinadas las tecnologías que nos mantienen enganchados a la matrix (algoritmos e inteligencia artificial siendo parte de esta realidad), eso no convierte la matrix en un destino inevitable.
Siempre y de todas maneras, es posible entrenar y ejercer nuestra voluntad y nuestra disciplina. Nacimos con el don del libre arbitrio, con una consciencia libre, pero esta libertad hay que madurarla, desarrollarla, crecerla.
Momentos de Contemplación
En particular, tengo una práctica en la que, desde hace algún tiempo, estoy profundizando en mi vida.
Se trata de la oración contemplativa. Por lo general, así empiezo mi jornada.
En una esquina de mi cuarto he creado un espacio sencillo, un pequeño altar, donde me siento a meditar. Otras veces voy a una pequeña capilla, no lejos de donde vivo, en un monasterio benedictino.
Dedico a este momento 25 minutos.
Es un tiempo en el que me quedo quieto, inmóvil y en silencio, fijando mi atención en la respiración y volviéndome a ella cuando sea necesario.
La oración contemplativa no es una práctica fácil, a pesar de ser sencilla.
Sentarme en silencio, en lugar de escuchar las noticias o pegarme al WhatsApp, no siempre es algo espontáneo.
Quedarme quieto, en lugar de pensar en un cliente que estoy sirviendo o en un libro que quiero terminar, tampoco siempre me resulta natural.
Hay días en que tengo que poner toda mi voluntad en juego para ser fiel a esta práctica.
De hecho, el llamado de la matrix puede ser tan fuerte como el canto de una sirena. Es una tentación costantemente presente.
Por eso, interrumpir el automatismo de querer hacer, conseguir, lograr, cumplir para, en su lugar, sentarse quieto y en silencio a meditar es una práctica que fortalece nuestra capacidad de desengancharnos de la matrix.
Yo llamo a estos momentos el ascetismo de la inactividad.
El ascetismo de la inactividad.
En el griego antiguo, el ascetismo se refería al entrenamiento de los atletas. Era el conjunto de prácticas y actitudes que un atleta adoptaba para fortalecer su disciplina.
En el contexto religioso, el ascetismo ha adoptado un sentido más negativo, asociado a la renuncia y la mortificación. En lugar, me gusta recuperar el sentido originario de la palabra ascetismo.
De hecho, si queremos salirnos de la matrix, para vivir una vida auténtica, entonces necesitamos el ascetismo. Es decir, necesitamos volvernos atletas de la vida interior.
Este esfuerzo que hago de tomarme una pausa de lo que tengo que hacer y lograr, para quedarme quieto y enfocado en la respiración por un tiempo, es parte de este ascetismo.
Más precisamente, consiste en no tener objetivos ni propósitos durante la meditación.
Mis momentos de contemplación no tienen como fin optimizar mi rendimiento, dominar mis emociones, manejar mi estrés, aumentar mi concentración. Estos momentos no tienen algún fin productivo.
Son, además, momentos en los que elijo no-ser mis roles y responsabilidades. Simplemente soy, y, en particular, soy un ser en relación con el Misterio. Creo que esta es la experiencia vital más poderosa que percibo toda vez que se da, toda vez que lo logro. “Nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti”, escribe san Agustín.
La práctica contemplativa.
Si tú también quieres integrar este ascetismo de la inactividad en tu vida diaria, aquí te comparto cómo lo estoy practicando en este momento.
Es una práctica inspirada en los Ejercicios Contemplativos de Franz Jalics.
Me siento en una silla, con la espalda erguida, sin que esa toque el respaldo. Imagino un hilo que me jala suavemente la coronilla hacia arriba.
Me tomo unos instantes para relajar mi cuerpo. Hago un escaneo del cuerpo y cuando encuentro alguna tensión, la suelto. Relajo mis párpados, mi mandíbula, mis hombros, mis brazos. Percibo la temperatura de las palmas de las manos, etc. Este ejercicio, por sí mismo, puede tomar varios minutos.
Dirijo mi atención a las fosas nasales. Percibo el aire que entra y sale mientras respiro naturalmente, sin esfuerzo. Me vuelvo consciente de la temperatura del aire, más fría al inhalar, más caliente al exhalar. Me quedo en esta atención durante varios instantes, sin prisa.
Voy dirigiendo mi atención al recorrido que hace el aire, de las narices hasta la boca del estómago. Paso a paso, percibo el aire que sube por la nariz, baja por la tráquea, flexiona las costillas, infla y desinfla mi estómago. Todo eso lo hago paso a paso, sin afán, y volviendo con docilidad a dirigir mi atención a la respiración toda vez que mi mente se desconcentra—sin sentir por eso frustración, rabia… sin deseo de perfección. Dedico a la práctica entera 25 minutos.
No busco resultados ni beneficios al practicar la meditación—aun si es innegable que los hay. Pero no es este el enfoque de mi práctica.
El enfoque es la práctica en sí misma. Es interrumpir el tren de mis actividades, preocupaciones y afanes para reencontrarme en aquel espacio que está más allá del ego, de los roles, de las responsabilidades, de los deseos, de los miedos, de todas las inclinaciones que marcan nuestra existencia.
Beneficios de salirse de la Matrix.
Aun si los beneficios no son lo que busco al practicar el ascetismo de la inactividad, sí hay varios.
Aquí solo quiero mencionar uno; la claridad.
Cuando sales de la matrix, es como si un mar tempestuoso volviera a la calma. Este estado de calma interior permite la conexión con uno mismo, con el Misterio, con los demás.
Desenganchados del frenesí cotidiano, percibimos con mayor lucidez. Logramos darle un significado más profundo, no reactivo a lo que nos pasa a lo largo del día. Aumentamos nuestra inteligencia espiritual. Sentimos una mayor libertad interior. Crecer nuestra soberanía interior.
Si tienes alguna pregunta sobre la práctica contemplativa, escríbeme.
Feliz domingo, Aldo
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Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.



