“Me quiero bajar de este bus”, le repito a un amigo estos días. Lo digo con ironía y un poco de humor, al tomar conciencia del mundo en el que hoy vivimos.
Estoy hablando del afán por la apariencia, lo inmediato, lo superficial, el impulso por aumentar el engagement, adaptarse a las demandas del algoritmo y optimizar constantemente el rendimiento.
Y todo esto en perjuicio del amor por la lentitud, la rumiación, el auténtico desarrollo humano y espiritual.
En cambio, respondemos a las demandas del performativo y del desempeño mediante técnicas como el mindfulness, el yoga, los patrones de bienestar y los retiros, entre otras. Nos desviamos del propósito originario de estas prácticas, subordinándolas a intereses y agendas que, al final, son primordialmente económicos.
En lugar de domar y hasta trascender nuestro ego, de forma sutil, lo inflamos, le damos espacio y protagonismo. Lo convertimos en un ego hipertrofiado.
El ego y el narcisismo espiritual son hoy de las tendencias más tristes que podemos observar. Es un ego que se disfraza de iluminación.
En varios de sus libros, como La sociedad del rendimiento y Psicopolítica, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha analizado en profundidad este fenómeno. Para él, todo eso no es más que el triunfo del modelo neoliberal, que ha logrado mercantilizar incluso la salud mental, el bienestar y la espiritualidad.
Finalmente, todo eso no es más que el síntoma de una vida que se quiere vivir en la superficie.
Por eso digo, con ironía y un toque de humor, a mi amigo: “Me quiero bajar de este bus”.
Vivir a contracorriente
Bajarse de este bus implica tomar decisiones radicales y contra la corriente. No se trata de abandonar el mundo, sino de habitarlo de manera distinta.
Se trata, creo, de vivir en contra de la corriente.
Eso implica alejarse del ruido, desengancharse de lo que parece brillar, abandonar la búsqueda del éxito en sí mismo como mecanismo de validación propia.
Se trata de elegir algo diferente y tan lejano de la propuesta del mundo contemporáneo.
Es decir, se trata de elegir el silencio, la quietud y la soledad, entendida como la capacidad de estar consigo mismos.
Estas son las condiciones necesarias, además, para un autoconocimiento auténtico, que facilita el crecimiento humano y espiritual.
De hecho, es en el silencio y la quietud que emergen de nuestro subconsciente los pensamientos y las emociones vinculados a las heridas que llevamos en nuestro interior.
Los padres y las madres del desierto llamaban a estos pensamientos malévolos [logismoi] porque impedían la plenitud de la vida.
Dentro de un proceso de autoconocimiento, en lugar de ser un obstáculo, se convertían en la motivación para emprender una lucha espiritual que permitía la metanoia, es decir, la transformación de la estructura más profunda de nuestra mente.
Los padres y las madres del desierto se volvían conscientes y se liberaban de sus pensamientos malévolos en la soledad y la quietud del desierto, lejos del ruido del mundo.
Estoy convencido de que un líder auténtico, hoy, que quiera aportar de forma positiva a la transformación del mundo, no puede evitar el encuentro con su “logismoi”. Es decir, con las partes de su subconsciente que aún tienen que ser purificadas, sanadas.
Pero este proceso requiere bajarse del bus…
La capacidad de discernir
Además, es cultivando el recogimiento, resultado de la soledad, el silencio y la quietud, que fomentamos la capacidad de discernimiento —una capacidad de liderazgo fundamental hoy, cuando necesitamos tomar decisiones de calidad en un contexto frágil, complejo, ansioso y muchas veces incomprensible.
La claridad que hoy se necesita para tomar decisiones de calidad, requiere el silencio y el recogimiento. Y es el fruto del discernimiento.
Por ende, me atrevo a decir que hoy un buen líder no se distingue por su capacidad de acción, sino por su capacidad de inacción, en el sentido propuesto por Byung-Chul Han.
Escribe el filósofo surcoreano en su libro Vida Contemplativa:
Sin un momento de vacilación ni de interrupción, la acción [Handeln] se rebaja a la acción ciega [Aktion] y a la reacción. Sin calma, se produce una nueva barbarie. El callar le da profundidad al habla. Sin silencio no hay música, sino nada más que ruido y alboroto.
Vida contemplativa
Bajarse del bus, finalmente, implica cultivar un amor por la contemplación.
Como resaltan autores como Pablo D’Ors, un estilo de vida contemplativo permite desengancharse de los anhelos constantes y percibir la realidad sin las gafas de nuestros prejuicios ni de nuestras aversiones.
Finalmente, por todo lo que expreso arriba, la contemplación es un proceso de transformación interior que reestructura nuestra conciencia, que sana en lo más profundo nuestro inconsciente.
El primer acto de bajarse del bus es empezar a darle espacio al silencio en tu vida diaria. Sobre eso ya he escrito una bitácora.
Entrenar el silencio, darle espacio, es crear las condiciones para el autoconocimiento y la transformación auténtica. Es el marco que facilita nuestra evolución. Es un medio precioso y una necesidad urgente para sintonizar con el yo auténtico y, finalmente, escuchar la voz divina.
Desde la transformación que la actitud y la práctica contemplativa permiten, después lograremos servir de forma más auténtica y efectiva a quienes encontramos y al propósito al que dedicamos nuestro liderazgo.
Muy pronto te invitaré a un pequeño entrenamiento de silencio (de unos minutos al día) si quieres emprender este camino y liderar desde un nivel de conciencia superior.
Feliz domingo, Aldo
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Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.



