Lo que imaginé una tarde de lluvia (y cómo se volvió realidad)
La imaginación no es fantasía: es la capacidad de ver un futuro que aún no existe. Te cuento cómo cambió mi vida —y cómo puede cambiar la tuya.
El poder de la imaginación: un ejemplo personal
Empiezo con una experiencia personal. Era una tarde de lluvia. No tenía muchas ganas de trabajar. Venía de meses intensos de viajes, reportería, escritura. En ese entonces trabajaba como periodista freelance para varios medios europeos. Mirando el paisaje gris fuera de la ventana, reflexionaba sobre cuál podría ser el próximo paso en mi carrera.
Ya había terminado mis estudios universitarios, pero quería especializarme. Consideraba estudiar una maestría. Quizás estudiar Relaciones Internacionales. En ese entonces, uno de los sueños que tenía era quizás ser corresponsal de un medio. Abrí la computadora y empecé a buscar en internet quiénes la ofrecían y dónde.
Concentré la búsqueda en Nueva York porque era otro sueño que tenía: por lo menos poder visitar esta metrópolis una vez. Estudiar en Nueva York sería volver a este sueño de forma exponencial.
Los resultados de mi pesquisa (hecha en un antiguo motor de búsqueda llamado Altavista; Google aún no había nacido) me ofrecieron, entre las opciones, la Columbia University, una de las más prestigiosas universidades del mundo.
Se me prendió fuego en el pecho. La perspectiva de estudiar en Columbia University, en Nueva York, me emocionó profundamente. Se impuso a todo mi sistema nervioso. Se volvió, en aquel instante, una obsesión.
Fue tanta la obsesión que no me enfoqué en todos los obstáculos que tenía en mi camino para alcanzar aquella meta. No consideré el dinero que no tenía. No pensé en el hecho de que no sabía hablar inglés.
Tampoco me frenó el hecho de que nunca había sido un estudiante brillante. Inteligente, quizás sí, pero nunca una estrella, un genio ni particularmente disciplinado.
Ninguna dificultad me impidió pensar en mudarme a Nueva York y cursar una maestría en relaciones internacionales en la Columbia University.
Lo que siguió fueron meses de pura acción. De hablar a otros de mi nueva obsesión, de involucrarlos en mi visión y en mi sueño. Me mudé a Nueva York en enero de 2000. ¿Había una forma mejor de inaugurar el nuevo milenio que empezar a vivir en la ciudad que nunca duerme?
No fueron meses fáciles. Adaptarme a una nueva realidad, lejos de mi familia y de los amigos de toda una vida, fue difícil, doloroso. No fueron pocas las veces que caminé por la Quinta Avenida llorando. También llegaron los momentos en los que pensaba que lo mejor era devolverme.
Pero finalmente, la visión que tenía fue más grande y más fuerte que las dificultades y las dudas del momento.
Un año y medio después de mi llegada, en septiembre de 2001, justo unos días antes del terrible 11 de septiembre, empecé a cursar mi primer semestre en la Columbia University. Lo que imaginé una tarde lluviosa en mi cuarto se convirtió en realidad.
Finalmente, la maestría se convirtió en un doctorado en antropología sociocultural. En 2007 me convertí en director del Centro de Resolución de Conflictos Internacionales de la Columbia University y, desde entonces, he seguido dando clases en aquella universidad y en otras.
La imaginación es…
Mi experiencia es una prueba de lo que he observado en todas las personas exitosas que he estudiado y conocido. La imaginación no es fantasía, sino una capacidad política, psicológica y biológica que crea futuros posibles. Es la capacidad de ver un futuro que aún no existe.
Considero la imaginación una de las expresiones más elevadas de la inteligencia espiritual, capaz de percibir la realidad tal como podría llegar a ser.
Sudáfrica hoy es una nación libre porque Nelson Mandela imaginó un país sin apartheid. Y lo mismo vale para Martin Luther King y Gandhi.
Steve Jobs imaginó que las computadoras debían ser aparatos sencillos, bellos y cercanos a las personas. Ada Lovelace imaginó el primer algoritmo procesable por una máquina en el siglo XIX, anticipando la era de la computación moderna.
Llegaremos a Marte porque Elon Musk y otros lo imaginaron posible, a pesar de que hoy aún no existe el conocimiento necesario para que eso sea posible. Pero nos estamos acercando a que esto se haga realidad.
De hecho, la imaginación anticipa el conocimiento y lo provoca. No tendríamos aviones si alguien no se hubiera imaginado cómo era posible que los humanos volaran. No tendríamos carros si alguien no hubiera imaginado un motor que sustituyera a los caballos.
Aquí entonces está una verdad importante que te invito a considerar:
Las personas no actúan según la realidad. Actúan según el futuro que son capaces de imaginar.
Podríamos decir, entonces, que la calidad de nuestra vida es directamente proporcional a la de nuestra imaginación. La imaginación es una cualidad humana que marca toda la diferencia.
Tengo varios ejemplos si solo pienso en las personas que conozco.
Es el caso de un amigo que nació en una vereda del campo. Creció con pocos recursos. Cuando era adolescente, se mudó a Medellín y vivió con su familia en una de las comunas más pobres de la ciudad.
Pero a pesar de los escasos recursos económicos, mi amigo era rico en imaginación. Se imaginó ser médico y ayudar a muchas personas. Estudió medicina en una universidad pública. Empezó a trabajar como médico.
En el camino descubrió que tenía talento para el emprendimiento. Se imaginó tener varias clínicas. Y todo eso hoy es realidad. Hoy es dueño de varias clínicas en Colombia.
El otro día estaba hablando con un artista que dirige una pequeña compañía de danza. Viene de una historia dura, difícil. Un entorno hecho de abusos. Pero gracias al baile nunca dejó de imaginar una vida distinta. Logró mucho de lo que imaginaba. Gracias a su arte, viajó por varios países europeos. Tiene buenos contratos. Y ahora acaba de crear su compañía de danza con la cual se presentará en Europa este diciembre. Y su imaginación es tan grande que sé que tendrá mucho éxito.
Cuando hablo con él, nunca me habla de su pasado, de sus heridas ni del entorno difícil en el que se crió. Siempre me habla de su futuro. Siempre me habla desde lo que se imagina para él y para los miembros de su compañía.
Este amigo no es prisionero de su pasado. No se enfoca en todo lo que le pasó. No pierde tiempo lamiéndose las heridas. Por el contrario, está enfocado en el futuro que quiere crear. No es víctima, sino creador de su propia realidad. Y el punto de partida es su capacidad de imaginar.
Por eso digo que la imaginación es una capacidad política y psicológica. Porque tiene el poder de transformar vidas individuales, colectivas, ciudades y países.
Los enemigos de la imaginación
Pero la imaginación es una capacidad que hay que cultivar, proteger y expandir. Porque tiene sus enemigos.
El primer enemigo de la imaginación es el trauma.
Cuando experimentamos un trauma emocional, nuestro sistema nervioso se vuelve más rígido. Eso hace que fluyamos menos y operemos desde estrategias de supervivencia. En lugar de imaginar horizontes amplios y conectarnos con sueños imposibles para hacerlos realidad, nos enfocamos en defendernos. Lo que imaginamos es lo más probable: todo lo que puede salir mal. Nos dedicamos a protegernos.
El trauma puede restringir el horizonte de nuestra imaginación y reducir el espacio de lo posible.
Pero los traumas, por profundos que sean, no tienen por qué convertirse en el destino de nuestra existencia. No tienen por qué convertirse en un espacio angosto en el que vivimos o, más bien, sobrevivimos.
Por eso volver a imaginar es prender la esperanza.
Es como una nave rodeada de una espesa neblina. Esta misma neblina le impide ver el puerto. Pero eso no significa que el puerto no exista. Por el contrario, el puerto está allá, aun si las condiciones actuales no permiten verlo.
Es cuando se enciende la luz del faro y el puerto se vuelve visible, lo que permite a la nave ver más allá de la neblina. La imaginación es como este faro. Nos permite ver más allá de la neblina que un trauma puede haber provocado en nuestra vida.
Un segundo enemigo de la imaginación son las narrativas heredadas.
Frases como “la gente no cambia”, “uno es como es”, “después de cierta edad ya es tarde” limitan la capacidad de imaginar nuestra transformación personal, de desarrollar nuevas capacidades y de proyectar nuestro futuro.
Frases como “el éxito pertenece a unos pocos elegidos”, “hay que competir para ganar”, o “si no eres el mejor, no vales” invisibilizan el esfuerzo y el aprendizaje, reducen toda relación humana a una lógica de escasez, hacen imposible experimentar. Por el contrario, alimentan el miedo y convierten el talento en un privilegio.
Finalmente, frases como “así ha sido siempre”, “nada va a cambiar”, “la corrupción es parte de nuestra cultura” hacen que cualquier cambio parezca ingenuo, desactivan la acción colectiva e impiden imaginar instituciones distintas. Por el contrario, convierte el cinismo en identidad.
Finalmente, el tercer enemigo de la imaginación es la ausencia de modelos.
Yo mismo soy un ejemplo de eso. En mi familia nadie ha conseguido un doctorado. Soy el primero y, hasta el momento, el único de mi familia. De hecho, hacer un doctorado nunca había formado parte de mi imaginación ni de mis aspiraciones. Nunca.
Si no hubiera sido por un mentor que encontré en Columbia University y que me sugirió pasar de la maestría al doctorado, nunca habría imaginado tomar esta decisión. En este caso, fue un mentor quien lo imaginó por mí. Eso nos dice, además, la importancia de los mentores.
El cambio comienza dos veces
Lo que caracteriza a artistas, arquitectos, innovadores y visionarios es que primero ven y después actúan. Un escultor con martillo y cincel frente a una roca, imagina la estatua que va a esculpir antes de realizarla.
Por eso, el primer movimiento del cambio es la imaginación.
Mi colega en construcción de paz, John Paul Lederach, habla de la imaginación moral como la capacidad de imaginar algo anclado en los retos del mundo real, pero que, a la vez, es capaz de trascender los ciclos de violencia y de dar a luz a aquello que aún no existe.
En otras palabras, la imaginación parte de una experiencia del presente que uno quiere cambiar, modificar, transformar. Muchas veces está anclada en una realidad y una experiencia reales, que pueden resultar hasta dolorosas.
Por eso está demostrado que quienes tienen un propósito de vida (que requiere la capacidad de imaginar un mundo distinto) más fácilmente trascienden un trauma y tienen una experiencia de sanación.
Es más, el mismo trauma se convierte en combustible para hacer realidad la imaginación.
Por eso, existe una relación directa entre la imaginación, la esperanza y la acción.
El segundo cambio consiste en hacer realidad la imaginación. De lo contrario, se queda en una fantasía que no tiene efecto alguno. Hasta puede ser una forma de iludir la realidad, pero no de transformarla.
La imaginación, por el contrario, se convierte en inspiración y en motor de la acción.
No me hubiera servido de nada imaginarme estudiar en la Columbia University de Nueva York, si solo se hubiera quedado en un sueño. Estaría aún en aquel cuarto, mirando por la ventana.
Por el contrario, la visión se hizo realidad porque pasé a la acción, busqué la ayuda y la colaboración de amigos y amplié mis conocimientos. Mantenerme anclado a lo que había imaginado me ayudó a perseverar, a tener paciencia, a no tirar la toalla cuando en el camino encontraba obstáculos grandes y pequeños.
Desde dónde empezar…
Puede ser que si me has leído hasta el momento, te preguntes cómo empezar a imaginar, o a fortalecer esta capacidad tan importante y tan propiamente humana.
Si sientes que traumas emocionales han restringido el campo de posibilidades y, por ende, tu capacidad de imaginar, te sugiero que busques un acompañamiento profesional.
Hoy existen técnicas psicosociales que aceleran la posibilidad de liberar tu sistema nervioso de los condicionamientos causados por traumas emocionales. Con mis clientes, utilizo con mucho éxito la técnica conocida como Havening.
Si crees que son las historias heredadas las que te condicionan, empieza por identificarlas y luego cuestionarlas.
Pregúntate con toda honestidad: ¿Y si las historias con las que interpreto el mundo no fueran la realidad?
Si crees que no estás rodeado de modelos y referentes que pueden empujar tu imaginación, recuerda que la imaginación necesita alimento.
Ese alimento son personas, libros, conversaciones, viajes, comunidades y experiencias que expanden nuestro mapa del mundo. Cada nuevo referente responde silenciosamente: “Esto también es posible.” Por eso, cambiar de entorno puede cambiar una vida.
Finalmente, la imaginación es un músculo que puedes entrenar (y que es necesario entrenar). Puedes empezar haciéndote estas preguntas:
¿Qué estoy dando por sentado?
¿Qué posibilidad no estoy viendo?
¿Quién ya lo ha logrado?
Si no tuviera miedo, ¿qué imaginaría?
¿Cómo lo vería alguien distinto?
¿Qué sería posible en cinco años?
¿En quién tendría que convertirme?
Albert Einstein decía que el conocimiento tiene un fin, pero crear imágenes nuevas no se detiene jamás.
Por eso, la imaginación también es el comienzo de nuestra transformación personal, del fortalecimiento y la expansión de nuestra mentalidad, y de la trascendencia de los pensamientos, las creencias y las emociones que nos limitan.
¿Qué tal si empezamos a imaginar sin límites? ¿A imaginar lo que hoy nos parece imposible? ¿Cuál es una imagen que te atrapa y te obsesiona, y que, no importa lo que vayas a hacer, la vas a volver realidad?
Me gustaría que me contaras. Por ahora, buena imaginación.
Si disfrutaste esta lectura, el mejor halago que podrías darme es compartirla con alguien o hacer un restack.
Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.



