Memento mori. Recuerda que tienes que morir, nos advertían los estoicos. En realidad, no era una frase pesimista, sino más bien una advertencia para vivir la vida plenamente, conscientemente, dándole intención.
Esta semana escribo a partir de una experiencia personal: la muerte de mi tío Erich Saurwein, un sacerdote extraordinario y un referente importante en mi vida desde que era niño.
Es un acontecimiento, como la muerte de un ser querido, que muchas veces tiene el poder de hacernos ver la vida desde una perspectiva distinta, más esencial. Quizás la única que deberíamos tener presente para vivir una buena vida. Nos vuelve conscientes de la realidad efímera de la vida terrenal, de la corrupción de todo lo material y del desenlace inevitable que es la muerte.
Nos resistimos a hablar de la muerte. Le tenemos miedo. Preferimos vivir en la ilusión de que viviremos eternamente. Esperamos que la ciencia logre prolongar nuestra vida décadas más allá de los cien años. Hay quienes esperan encontrar la fórmula de la eternidad.
Lo que aprendí de mi tío.
Por otro lado, es interesante notar cómo los grandes maestros del espíritu, quienes de verdad hackearon el secreto de la vida, expresan una opinión contraria. De la muerte no hay que huir —algo, además, imposible—, sino amarla.
San Francisco llamaba a la muerte hermana. San Benito, entre las herramientas para una sana vida espiritual, recomienda mantener cada día la muerte frente a nuestros ojos.
No son consejos macabros. Tampoco invitan a vivir la vida de forma pasiva. Por el contrario, la invitación es a vivirla plenamente, dando importancia a lo verdaderamente importante.
Yo lo pude observar en mi tío, que vivía esta relación con la muerte —y, por ende, con la vida— no porque fuera sacerdote, sino porque era un ser animado por una profunda vida espiritual.
Dado que, por su condición cada vez más frágil, le resultaba imposible viajar, durante los últimos tres años, cada vez que fui a Europa, me quedaba un par de días en su apartamento: un espacio pequeño, sencillo, que su familia —la familia de mi mamá— habitaba desde 1907. Un lugar lleno de historia familiar.
Eran varios los propósitos de mis visitas al tío. Primero, obviamente, el de estar con él. Mientras pudimos, caminábamos por las calles de Innsbruck por la tarde. A veces me invitaba a comer en un restaurante que le gustaba mucho. Últimamente, cuando ya le resultaba difícil salir del apartamento, cocinábamos juntos.
Todas estas eran oportunidades para conversar de todo: de política internacional, de historia, de recuerdos familiares, incluso de los años en que mi abuelo lideró la resistencia armada contra Hitler en un valle estratégico no lejos de Innsbruck. Fueron momentos que solidificaron aún más nuestra cercanía.
El arte de la aceptación
Un segundo propósito por el que visitaba a mi tío era que el simple hecho de estar con él, de observar su vida diaria, me daba la oportunidad de constatar cómo alguien se preparaba para la muerte. Era tomar nota de cómo aceptó con docilidad las crecientes limitaciones físicas impuestas por la enfermedad y la edad y, al mismo tiempo, cómo vivió plenamente el presente y lo que le quedaba de vida.
Docilidad y resignación, para mi tío, no fueron sinónimos de pasividad. Por el contrario, se trataba de vivir plenamente lo que era posible vivir.
Para él, por ejemplo, significaba escuchar una sinfonía de Anton Bruckner. O leer una novela policíaca —era un gran fanático de Andrea Camilleri y de Donna Leon—. O mirar un partido de fútbol. O ver una ópera en televisión. Unos días antes de morir, desde la cama del hospital, quiso ver algo de Carmen, de Bizet, y después un partido de fútbol. Gozaba de cada visita que antiguos amigos y familiares le hacían.
Vivir plenamente también significó, para él, no quejarse de su condición física.
La soportó bien, en el sentido literal del término: llevó la enfermedad con paciencia y aceptación. Estoy seguro de que hubo muchos momentos difíciles, pero no fueron esos los que definieron quién era. Puedo decir que mi tío, hasta el final, vivió su vida con soberanía, dando a cada momento el significado que quiso darle. Nunca pidió a otros que cargaran con sus pesos.
Esta actitud hacia la vida no la improvisó sino que la desarrolló a lo largo de los años. Cuando digo que era un hombre impregnado de espiritualidad, es porque su vida no estuvo marcada por una religiosidad exterior y hecha de fórmulas.
Más bien, su vida interior fue moldeada también por el estudio y la cultura.
Era un profundo conocedor de la historia de Austria y de Europa, así como del arte y de la música clásica. Tocaba muy bien el piano y, en su juventud, había estudiado canto en el conservatorio, lo que hacía especiales las liturgias que celebraba como sacerdote.
Todo eso alimentó una espiritualidad y una fe profundas que le permitieron vivir cada vez más desde dentro hacia afuera y dominar un carácter fuerte, fogoso, con el cual no siempre fue sencillo lidiar, pero que con el paso de los años se fue suavizando.
La verdadera libertad interior
Tener presente la muerte, mantenerla frente a sus ojos, le permitió a mi tío ser libre para vivir. Y podría casi decirse que vivió cada vez más, incluso en los últimos años condicionados por la enfermedad.
Porque fue una vida que ya no se alimentaba de ilusiones, enfocada, como nos pasa muchas veces, en acumular logros y bienes o en realidades secundarias.
Por el contrario, teniendo presente la muerte, se concentró cada vez más en lo verdaderamente fundamental, dejando en segundo lugar la ambición, la necesidad de tener razón, la opinión de los demás.
Y creo que de eso se trata. Saber que voy a morir me ayuda a distinguir lo que vale la pena vivir de lo que simplemente consume mi vida.
En su juventud, mi tío estudió con los hermanos Hugo y Karl Rahner, dos grandes teólogos jesuitas. Karl Rahner, en particular, desarrolló una teología de la muerte.
Para este gran teólogo, la muerte no es solamente una experiencia de pasividad radical —porque no es algo que podamos evitar—, sino también un acto supremo de libertad.
Es el momento en que finalmente soltamos todo: identidad, reputación, relaciones, dinero, cuerpo, hasta la imagen que tenemos de Dios.
Con la muerte, queda nuestro ser frente al Misterio.
Pero la muerte, para Rahner, no es solo el momento en que la vida se apaga. Vivimos anticipaciones de la muerte cada vez que experimentamos el soltar, el perder, el dejar ir…
Vivir la vida sin poseerla
Creo que es exactamente eso lo que yo vi a mi tío vivir conscientemente en los últimos años de su vida: vivir plenamente la vida sin la pretensión de poseerla.
En estos días, mientras ayudo a mi mamá a vaciar el apartamento de mi tío, me doy cuenta de que todo pasa. Lo que un día fue importante ya no lo es.
Vale, entonces, la pena entrenarse desde ya para vivir con la muerte frente a los ojos. Para, de esta manera, no distraerse con lo menos importante y enfocarse en lo que verdaderamente vale. Vivir con intensidad el presente. Gozar de lo que la vida ofrece y, al mismo tiempo, aprovechar cada pérdida, cada desapego, cada fracaso para ejercitar y vivir de forma anticipada aquella libertad interior que la muerte finalmente permitirá.
Mi tío me ha demostrado que prepararse para la muerte es quizás la forma más eficaz de aprender a vivir plenamente.
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Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.




