Hay un poema que, cada vez que lo leo en voz alta en un taller, me quiebra la voz. Es un poema de la aclamada poeta y novelista palestino-estadounidense Naomi Shihab Nye.
Escuché este poema por primera vez hace unos años, durante una supervisión con mi mentor Stephen Gilligan, destacado psicólogo y psicoterapeuta, pionero en el campo de la hipnosis ericksoniana y del coaching generativo.
Creo que el poema me conmueve cada vez que lo leo porque representa, de forma sencilla, el entorno en el que vivimos hoy, sus desafíos y cómo podemos estar en él.
Es un poema que muestra cómo el cambio no necesita grandes gestos heroicos, sino que se desarrolla en la cotidianidad, a través de gestos sencillos, amorosos y empáticos que todos, cada día, tenemos la oportunidad de practicar y vivir.
Además, representa la forma más genuina y auténtica de liderazgo, aquella que nace de un impulso sincero de servir y de conectarse con el otro. Habla de la creatividad y la generatividad que nacen de la solidaridad y del amor.
Sobre todo, promete el mundo que podemos, entre todos, ayudar a crear. Es un mundo cuya emergencia habita en nuestro corazón, si así lo reconocemos.
Convertir un entorno frío y anónimo en hogar
El poema se titula “Puerta A-4”. Tiene lugar en un aeropuerto, generalmente un lugar de tránsito frío, impersonal, estresante y, en la era moderna, cargado de cierta sospecha y tensión cultural.
Allí, la autora encuentra a una mujer árabe desesperada, tirada en el suelo y llorando. Nadie entiende qué le pasa porque ella solo habla árabe.
La magia del poema comienza cuando la narradora se agacha, la abraza y le habla en un árabe pausado y limitado. El poema transforma la sala de espera de este aeropuerto en un espacio de calidez y hogar. Además, resalta cómo la empatía rompe las barreras del miedo y la desconfianza, y presenta la hospitalidad y la comida como formas de crear vínculos de fraternidad.
No quiero agregar más… Aquí encontrarás el texto íntegro del poema, traducido del inglés. Una buena reflexión dominical…
Salida A 4
Poema de Naomi Shihab Nye
Caminaba por la terminal del aeropuerto de Albuquerque, después de enterarme de que mi vuelo se había retrasado cuatro horas, cuando escuché un anuncio:
«Si alguien en las inmediaciones de la Puerta A-4 entiende algo de árabe, por favor, acérquese inmediatamente a la puerta».
Bueno… hoy en día, uno se lo piensa dos veces. La Puerta A-4 era la mía. Fui hasta allí.
Una mujer mayor, vestida con un traje tradicional palestino completamente bordado, igual al que usaba mi abuela, estaba desplomada en el suelo, sollozando.
«Ayúdenos», dijo la empleada de la aerolínea. «Hable con ella. ¿Qué le pasa? Le dijimos que el vuelo iba a retrasarse y reaccionó así».
Me agaché, la rodeé con un brazo y le hablé esitando:
«Shu-dow-a, Shu-bid-uck Habibti? Stani schway, Min fadlick, Shu-bit-se-wee?»
En cuanto escuchó algunas palabras que conocía, por mal pronunciadas que estuvieran, dejó de llorar. Había entendido que el vuelo había sido cancelado por completo. Necesitaba estar en El Paso al día siguiente para recibir un tratamiento médico importante.
Le dije:
«No, está todo bien. Llegará, solo que un poco más tarde. ¿Quién va a recogerla? Vamos a llamarlo».
Llamamos a su hijo y hablé con él en inglés. Le dije que me quedaría con su madre hasta que subiéramos al avión y que me sentaría a su lado.
Ella habló con él. Después llamamos a sus otros hijos, solo por el gusto de hacerlo. Luego llamamos a mi padre, y él y ella hablaron un rato en árabe y descubrieron, por supuesto, que tenían diez amigos en común. Entonces pensé: ya que estamos, ¿por qué no llamar a algunos poetas palestinos que conozco y dejar que conversen con ella?
En todo eso se nos fueron dos horas.
Para entonces, ella ya se reía mucho. Me contaba su vida, me daba palmaditas en la rodilla, respondía preguntas. Había sacado de su bolso una bolsa de mamoul caseros —pequeños montoncitos de masa quebradiza cubiertos de azúcar glas y rellenos de dátiles y nueces— y se los ofrecía a todas las mujeres que esperaban en la puerta.
Para mi sorpresa, ni una sola rechazó uno.
Era como un sacramento.
La viajera de Argentina, la madre de California, la encantadora mujer de Laredo… todas estábamos cubiertas del mismo azúcar glas.
Y sonreíamos.
No hay galleta mejor.
Luego la aerolínea trajo jugo de manzana gratis de una gran heladera, y dos niñas pequeñas de nuestro vuelo corrían de un lado a otro sirviéndolo. Ellas también estaban cubiertas de azúcar glas.
Y me di cuenta de que mi nueva mejor amiga —para entonces ya nos tomábamos de la mano— llevaba en su bolso una planta en una maceta, algo medicinal, con hojas verdes y peludas.
Una tradición tan propia de la tierra de donde venimos. Lleva siempre contigo una planta. Permanece siempre arraigado a algún lugar.
Y miré a mi alrededor, a todas aquellas personas cansadas por la espera, y pensé:
Este es el mundo en el que quiero vivir. El mundo compartido.
Ni una sola persona en aquella puerta —una vez que cesó el llanto provocado por la confusión— parecía sentir temor o desconfianza hacia ninguna otra.
Aceptaron las galletas. Yo también quería abrazar a todas aquellas mujeres.
Esto todavía puede suceder en cualquier lugar. No todo está perdido.
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Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.



