Por qué no cambias aunque quieres cambiar.
Por qué una parte de ti se resiste — y cómo dejar de pelear contigo mismo
Antes de comenzar…
Esta no es una publicación más en tu bandeja de entrada. Es un momento para ti. Una pausa sagrada en medio del ruido. Un espacio donde recordamos que el trabajo más importante no es el que hacemos allá afuera, sino el que hacemos adentro, con nosotros mismos.
Aquí no hay fórmulas. Solo verdad, presencia y práctica.
En el año 1889, Friedrich Nietzsche se encontraba caminando por una bulliciosa calle de Turín, una ciudad llena de vida, cuando sus ojos se posaron en un cochero que, con desespero, golpeaba a un caballo que se negaba a avanzar.
Impulsado por una mezcla de compasión y desesperación, se acercó, rodeó al animal con sus brazos en un gesto tierno y comenzó a llorar, como si el peso del sufrimiento y la injusticia del mundo se desbordara de su ser.
Poco después, su mente colapsó, como un castillo de naipes que se derrumba, y nunca volvió a escribir con la misma claridad y lucidez que antes.
Esa escena siempre ha tocado una fibra profunda en mí. No por su dramatismo, sino por su humanidad intrínseca.
Incluso una mente brillante, fuerte y provocadora, como la de Nietzsche, llegó a un punto crítico en el que algo en su interior no pudo soportar más la tensión acumulada. Algo, en su esencia, se rompió.
A menudo creemos que el cambio interior es simplemente el resultado de una decisión racional.
Pensamos que si logramos entender que necesitamos transformarnos, entonces lo haremos.
Sin embargo, la realidad no opera de esa manera. No para Nietzsche. No para ti. No para mí.
Cuando cambiar implica dejar ir
A menudo decimos que queremos cambiar. Que deseamos vivir con mayor libertad. Que necesitamos salir de una relación que nos apaga el alma. Que deseamos dejar un trabajo que ya no nos representa. Que necesitamos soltar una identidad que se siente demasiado pequeña para nosotros.
Lo proclamamos con convicción.
Y, sin embargo, cuando llega el momento decisivo, algo dentro de nosotros nos frena. Postergamos. Dudamos. Nos distraemos con trivialidades.
Durante mucho tiempo, creí que esa resistencia era sinónimo de debilidad. Que si realmente deseaba evolucionar, debía esforzarme más, ser más disciplinado, tener más claridad, más fuerza.
Hoy, mi perspectiva ha cambiado.
Cambiar implica perder algo valioso. Y aunque lo que perdemos puede limitarnos, también nos ha proporcionado estructura, un sentido de pertenencia y una narrativa sobre quiénes somos.
Si dejo de ser el profesional exitoso que todos admiran, ¿quién soy yo en realidad?
Si ya no soy el que siempre sostiene a los demás, ¿qué lugar ocupo en el mundo?
Si suelto la narrativa que me ha explicado la vida durante años, ¿cómo me definiré a partir de ahora?
La identidad no se suelta sin un proceso de duelo.
El cuerpo también se resiste
A veces, el cuerpo tiene un conocimiento que la mente aún no ha alcanzado.
Inicias un proceso de transformación y, de repente, te sientes más cansado que nunca. Te distraes con facilidad. Una ansiedad sutil, sin una razón clara, comienza a invadirte.
Te preguntas: ¿por qué me sucede esto si estoy emprendiendo algo positivo para mí?
El sistema nervioso no entiende de ideales. Solo entiende de seguridad.
Y lo conocido, aunque pueda ser doloroso, es, a su manera, seguro.
He acompañado a muchas personas que, justo en el instante en que están a punto de dar un paso crucial, comienzan a sabotearse. No porque no deseen crecer, sino porque ese crecimiento las lleva a un territorio desconocido, donde aún no saben quiénes serán.
Esa incertidumbre despierta algo primitivo en nosotros.
La cultura actual nos empuja a reinventarnos de manera constante. Nos insta a optimizar, mejorar y evolucionar sin descanso.
Pero rara vez se habla del costo emocional que conlleva dejar atrás lo que alguna vez fuimos.
La resistencia no es tu enemiga
La resistencia invisible no es un obstáculo que deba ser eliminado. Es una parte de ti que intenta protegerte.
Quizás protege tu necesidad de pertenecer.
Quizás protege el miedo a decepcionar a quienes esperan que sigas siendo la misma persona de siempre.
Quizás protege una herida antigua que no desea volver a sentirse vulnerable.
En lugar de luchar contra esa resistencia, podrías sentarte con ella.
Preguntarle, con sinceridad: ¿qué intentas cuidar?
Cuando dejamos de considerarla como pereza o falta de carácter, algo en nuestra percepción cambia. La tensión disminuye. Surge una comprensión más amplia.
No todos los cambios necesitan ser acelerados. Algunas transformaciones requieren que el cuerpo se sienta seguro primero. Que haya pequeños gestos de estabilidad. Conversaciones sinceras. Ritmos más humanos.
He aprendido que el cambio sostenible no se impone. Se cultiva con paciencia.
Cambiar sin violencia interior
Nietzsche habló de la necesidad de superarse a uno mismo. Pero esa superación no es una carrera heroica. Es un proceso frágil, a menudo desorientador y solitario.
La resistencia aparece justo cuando la versión antigua de ti siente que está perdiendo terreno.
Quizá el verdadero acto de valentía no consista en empujarte con más fuerza hacia la nueva imagen que tienes en mente. Quizá sea permanecer presente mientras lo viejo se despide.
Hay algo profundamente humano en ese tránsito.
Nietzsche abrazó a un caballo porque algo dentro de él ya no pudo soportar más la violencia, ni externa ni interna. Fue un quiebre decisivo.
Nosotros no necesitamos llegar a ese extremo.
Podemos escuchar antes de colapsar.
Podemos honrar la parte de nosotros que teme.
Podemos cambiar sin violencia interior.
Si hoy sientes el deseo de transformarte, pero algo dentro de ti se resiste, no te juzgues. Detente. Respira. Pregúntate con honestidad qué está en juego.
Tal vez no te falte fuerza de voluntad.
Tal vez te falte sentirte lo suficientemente seguro como para soltar lo que ya no te sirve.
Si disfrutaste esta lectura, el mejor halago que podrías darme es compartirla con alguien o hacer un restack.
Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.




Muchas gracias doctor Aldo. Esto me está pasando. Un abrazo desde la distancia.