Hace unos días almorcé en Lima, frente al mar, con dos artistas peruanos de raíz inca, una madre y su hijo. La ciudad, que casi siempre he conocido gris, nos regaló un día de sol.
Pedimos ceviche, lomo saltado y una causa de langostinos. Siempre he sostenido que la cocina peruana y la italiana son las mejores del mundo, y ese almuerzo no me hizo cambiar de opinión.
Entre el mar, la comida y las historias de aquella familia, me fui quedando con una pregunta que toca mucho de lo que vivo y del trabajo que hago: ¿cómo cambiar sin perdernos? ¿Cómo entrar en mundos nuevos sin dejar atrás lo que nos sostiene?
Desde entonces, pienso en el traje y la piedra.
La piedra debajo del Cristo
En los Andes del sur del Perú, miles de peregrinos ascienden cada año a un santuario para la celebración de Qoyllur Rit’i, a más de cuatro mil metros de altura. Caminan durante horas, al pie de un nevado, con el aire escaso y el cuerpo puesto a prueba.
Los espera una imagen de Cristo pintada sobre una roca. Esa superposición me fascina: una imagen sobre una piedra que la precede.
Como antropólogo, conozco la lectura del sincretismo que pone el acento en la imposición de unos dioses sobre otros. Esa historia existe, y es dolorosa. Pero también me interesa lo que logra permanecer a través de una transformación.
Las formas cambian y, bajo ellas, ciertos vínculos sobreviven. La devoción al Cristo convive con una relación profunda con la montaña.
Pienso también en el Qorikancha, el templo inca del Sol, en Cusco. Sobre sus muros, los españoles levantaron la iglesia y el convento de Santo Domingo. En 1950, un terremoto sacudió la ciudad. La construcción colonial sufrió daños graves; los muros incas, hechos de piedras encajadas sin argamasa, resistieron.
Hay algo en esa imagen que me interpela.
El traje se puede agrietar. La piedra aguanta.
Cambiar de traje es parte de estar vivos
Todos cambiamos de traje. El ejecutivo que asume un cargo aprende otros códigos. La emprendedora que entra en un mercado nuevo ajusta su propuesta. Quien emigra descubre que incluso sus gestos y su manera de hablar necesitan encontrar otro lugar.
Yo mismo he cambiado muchas veces de traje. Fui periodista en Alemania, en Suiza y en Austria. Me hice antropólogo en Nueva York. Acompañé procesos de paz en Colombia. Hoy acompaño a líderes y escribo en una lengua que no es la que aprendí de niño.
Cada experiencia me ha transformado. Algunas me han obligado a abandonar certezas a las que estaba muy apegado. Otras me han permitido reconocer capacidades que desconocía.
Por eso desconfío de una autenticidad entendida como la obligación de seguir siendo siempre igual. También podemos escondernos detrás de lo que creemos ser. A veces, la frase «yo soy así» cierra una puerta que necesitaríamos abrir.
La cuestión es reconocer qué estamos cambiando y por qué. Si lo hacemos para crecer, para aprender, para encontrarnos con otros. O si, poco a poco, estamos entregando nuestro criterio a cambio de aprobación.
En mi trabajo veo con frecuencia lo difícil que resulta advertir esa diferencia. Una concesión parece insignificante. Luego viene otra. Un día, alguien que ha conseguido casi todo lo que se propuso descubre que ya no se reconoce en la vida que lleva.
El traje se ha convertido en máscara.
Cuando el traje se vuelve máscara
El traje uno lo elige y sabe que lo lleva puesto. La máscara se nos pega a la piel, hasta que olvidamos que está ahí y creemos que esa cara es la nuestra.
A los 38 años viví una noche que no he olvidado. No lograba dormir y miraba el techo. Era exitoso, pero no me sentía contento con mi éxito. Estaba cansado de esconderme, de defenderme, de actuar de cierta manera para sobrevivir y ser aceptado.
Esa noche decidí dejar de fingir. Me levanté y, yo que no dibujo, me dibujé sentado en un sofá, desnudo, con un montón de máscaras a los pies. Lo hice para no olvidar ese momento.
El dibujo no resolvió mi vida. Pero dejó algo a la vista que ya no podía seguir ignorando: había aprendido a conseguir aceptación a costa de ocultarme.
Muchas máscaras empiezan así. Nos ayudan a proteger algo vulnerable, a encontrar un lugar, a evitar el rechazo. Cumplen una función. El problema aparece cuando seguimos llevándolas mucho después de haber olvidado de qué nos defendían.
Quitárselas puede dar miedo. Debajo hay deseos que no hemos reconocido, palabras que llevamos años aplazando, decisiones que pueden incomodar a quienes se acostumbraron a nuestra versión anterior.
A veces encontramos el valor por amor a alguien. La necesidad de estar presentes para un hijo, de cuidar una relación o de acompañar a otra persona nos lleva a tocar algo propio que habíamos mantenido a distancia.
También se vuelve a uno mismo a través de los demás.
La esencia también crece
Pensar en una piedra podría sugerir que dentro de nosotros hay algo terminado, inmóvil, que solo debemos proteger. No lo veo así.
Hay convicciones que maduran con la experiencia. Hay formas de amar que aprendemos tarde. Hay partes de nosotros que necesitan un encuentro, una pérdida o una oportunidad para aparecer.
Ser fiel a uno mismo exige atención. Preguntarse qué sigue teniendo sentido, qué se ha vuelto costumbre y qué estamos sosteniendo por miedo a decepcionar.
El lomo saltado de aquel almuerzo me sirve para pensar en ello. La cocina peruana tiene una identidad reconocible y, al mismo tiempo, una historia de encuentros y mezclas. Su riqueza se ha formado incorporando influencias y dándoles una expresión propia.
También nosotros podemos recibir mucho del mundo sin perder la capacidad de darle un sabor propio a lo que hacemos.
Para eso ayuda saber de dónde venimos. Conocer las historias familiares que nos habitan, los lugares que nos formaron, las lealtades que hemos elegido y las que quizá seguimos obedeciendo sin darnos cuenta.
Las raíces alimentan. También necesitan ser examinadas. Podemos agradecer lo recibido y decidir qué queremos llevar con nosotros.
Cómo distinguir el traje de la piedra
Para concluir, te propongo cinco prácticas.
Haz tu inventario. Escribe en dos columnas lo que ha cambiado en ti en los últimos diez años y lo que ha permanecido. Busca los valores, los vínculos y los deseos que atraviesan distintas etapas de tu vida. ¿Qué reconoces como propio incluso cuando todo alrededor cambia?
Escucha a tu cuerpo. Antes de aceptar una nueva exigencia, observa tu respiración, tu pecho, tus hombros. Las sensaciones no son un veredicto: crecer también puede dar miedo. Pero pueden ayudarte a reconocer qué te entusiasma y qué estás forzando.
Pregúntate si puedes firmarlo. Ante una decisión, un proyecto o un mensaje, pregúntate si puedes ponerle tu nombre y explicar por qué lo has elegido. ¿Te reconoces en él? ¿Qué parte estás aceptando solo para obtener aprobación?
Rodéate de personas que te conozcan. Necesitamos a quienes pueden celebrar nuestros cambios y también advertirnos cuando dejamos de escucharnos. Personas ante las que no tengamos que sostener un personaje.
Vuelve a la fuente. Hay lugares, prácticas y relaciones que nos devuelven una manera más sencilla de estar vivos. Puede ser caminar, guardar silencio, cocinar, regresar a una montaña o sentarse con alguien ante quien no necesitamos demostrar nada. Hazles espacio antes de sentirte perdido.
Todavía no he ido a Cusco. Cuando vaya, quiero detenerme frente a los muros del santuario. Mirar esas piedras que han atravesado siglos, cambios y terremotos. Dejar que esa permanencia me haga preguntas.
Por ahora, hay una que me acompaña desde Lima: en tu vida, ¿qué es traje y qué es piedra?
Respóndeme con una sola línea. Me encantaría leerte.
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Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.



