Ayer fui al cementerio con mi papá. Visitamos la tumba de mis abuelos. Mi abuelo, del cual heredé el nombre, nunca lo conocí. Murió a los 40 años en un accidente de moto. Mi papá solo tenía 16 años. “Todo hubiera sido distinto si él no hubiera muerto”, comentó en voz baja mi papá mientras los dos estábamos de pie frente a la tumba. Antes de irnos, mi papá puso unas flores y encendió una vela.
Hoy es la fiesta de los santos, que la Iglesia católica ha elegido históricamente para recordar a todos los mártires sin nombre.
Santos no es una palabra que suene moderna. Nos propone un concepto que quizás percibimos como lejano, inalcanzable e incluso poco atractivo.
Pero en estas horas me recordaba el significado que le dio el místico Thomas Merton: ser santo significa ser uno mismo.
El concepto no está lejos de lo que decía Nietzsche, quien, en su obra Ecce Homo, invita a ser uno mismo.
¿Y no es esta la pregunta que muchas veces nos acompaña en los momentos de crisis, cuando nos replanteamos nuestra existencia? ¿Quién soy? ¿A quién soy llamado a ser?
El llamado fundamental de nuestra existencia
Es quizás la pregunta filosófica más profunda, que nunca terminamos de hacernos. Es la pregunta que atraviesa todas las corrientes espirituales a lo largo del tiempo.
En su libro Nuevas Semillas de Contemplación, Merton escribe que un árbol, una flor, una montaña son santos al ser simplemente quienes deben ser.
No tienen además otra opción. Un árbol, aun en la unicidad de su existencia, solo puede ser árbol. Una flor, aun en su unicidad, solo puede ser flor.
Las criaturas de la naturaleza no tienen otra opción que obedecer y responder a su llamado a ser quienes son.
No es lo mismo para nosotros, los seres humanos.
Cada uno de nosotros es único e irrepetible. Pero a diferencia de un árbol o de una flor, tenemos la libertad de ser nosotros mismos o no serlo. Tenemos la libertad de convertirnos en quienes queramos ser.
Escribe Merton que podemos elegir ser esencia o máscara. De hecho, podemos decidir no ser quienes tenemos que ser. Podemos negarnos a ser quienes estamos llamados a ser.
De hecho, podemos pasar toda nuestra existencia separados de nuestro yo auténtico:
“Podemos ser nosotros mismos o no, como nos plazca. Tenemos la libertad de ser reales o de ser irreales. Podemos ser verdaderos o falsos, la elección es nuestra. Podemos llevar ahora una máscara y luego otra, y nunca, si así lo deseamos, aparecer con nuestro propio rostro verdadero”.
La libertad como responsabilidad
Podemos vivir sin ser verdaderamente nosotros mismos. El gran desafío que enfrentamos es que somos criaturas libres, es decir, libres para elegir. Por eso, antes de ser un derecho, quizás la libertad es una responsabilidad.
Por eso, muchos de los malestares de los individuos y de la sociedad nacen de nuestra sobreidentificación con nuestras máscaras.
Nos pasa cuando el ego se convierte en nuestra identidad. Cuando nos identificamos con nuestras emociones, pensamientos, ideas, roles, estatus, logros o fracasos.
Es decir, nos pasa cada vez que convertimos en realidad nuestras ilusiones.
De hecho, Thomas Merton nos alerta. Elegir no ser nosotros mismos tiene su costo.
Pero no podemos tomar estas decisiones con impunidad. Las causas tienen efectos, y si nos mentimos a nosotros mismos y a los demás, entonces no podemos esperar encontrar la verdad y la realidad cada vez que se nos antoje desearlas.
Y si miramos a nuestro alrededor, y quizás a nuestra propia existencia, ¿no es acaso verdad que confundimos la ilusión con la realidad? Y, por ende, convertimos nuestro éxito profesional o material en lo único que vale la pena desgastarse en la vida.
Un despido, una separación, una enfermedad o una pérdida pueden llevarnos a una profunda crisis. Se rompe el molde de la identidad que habíamos construido a lo largo de los años. Invertimos tiempo, dinero y recursos en ser alguien, y finalmente esa versión de nosotros mismos se quiebra o se vuelve incómoda.
Una mujer había dedicado su vida a sus hijos y, cuando finalmente se van de casa, ya no sabe quién es y entra en crisis. Un joven pensó que su realización vendría al perseguir una carrera determinada, pero ahora siente una profunda insatisfacción. Un músico entrenó toda su vida para ser violinista profesional, pero una inflamación de los tendones le impide perseguir su sueño.
Vivimos la vida pensando que somos nuestros roles, profesiones, logros, capacidades. Pero es la vida misma la que revela la fragilidad de nuestras máscaras y su función ilusoria.
Las dos dimensiones de nuestra vida
El mes pasado, a unos estudiantes de la Colegiatura en Medellín, les decía que hay dos dimensiones de la vida que tenemos que vivir e integrar con equilibrio.
Por un lado, hay una dimensión horizontal, compuesta por los hitos que debemos cumplir para desarrollar y lograr una carrera, así como por las metas que queremos alcanzar. Está marcada por los obstáculos y los logros que encontramos a lo largo de nuestra existencia.
Por otro lado, hay una dimensión vertical que corresponde a nuestro desarrollo espiritual y la evolución de nuestro Yo Auténtico.
Es la dimensión que trasciende nuestra experiencia terrenal y nos permite dar sentido a nuestra existencia. Es la dimensión de la inteligencia espiritual.
Si nos concentramos únicamente en la dimensión horizontal, conducimos una existencia liderada por nuestro ego, es decir, por nuestro yo ilusorio y limitado, que se esfuerza en compensar en todo momento nuestras carencias.
Cuando nos concentramos únicamente en la dimensión horizontal de la vida, creemos que nuestra satisfacción y plenitud derivan de nuestros logros y alcances.
Pero al abrirnos y al integrar la dimensión vertical de nuestra vida, empezamos a preguntarnos sobre el significado que queremos darle a la vida, a lo que nos pasa. Los logros y los obstáculos que encontramos a lo largo de la dimensión horizontal (que experimentamos en el espacio y en el tiempo) adquieren otro significado y otra importancia; se convierten en el pensum de nuestro desarrollo espiritual. Es cuando descubrimos un propósito superior que orienta nuestra existencia.
Es el viaje desde nuestro yo ilusorio hasta nuestro yo auténtico. Es cuando todo, incluso el dolor y el sufrimiento, adquiere una nueva dimensión, una nueva profundidad.
La gran mayoría de las veces, es una crisis existencial la que nos abre la puerta a esta dimensión vertical. De esta manera, todo lo que vivimos se convierte en materia prima para nuestra evolución y para el encuentro con nosotros mismos, es decir, con nuestro yo auténtico.
¿Por qué el autoconocimiento nos desenmascara?
Por eso creo que el proceso de autoconocimiento es tan importante y liberador. Porque nos permite tomar conciencia de nuestras máscaras. Y así desenmascararnos.
El proceso de autoconocimiento nos permite conocer nuestra sombra, iluminarla y, así, integrarla.
El proceso de autoconocimiento es el camino que nos ayuda a ser nosotros mismos.
Y ese deseo de conocernos a nosotros mismos, más que el producto de un proceso, de una planeación, de un entrenamiento o de un esfuerzo consciente, es el fruto de un anhelo que nace en lo más profundo de nosotros mismos.
Es un anhelo que, la mayoría de las veces, nace en coincidencia con una crisis existencial. Es algo que se va revelando.
Es en este proceso en el que también vamos descubriendo nuestro yo auténtico, nuestra esencia y a quienes estamos llamados a ser.
Porque descubrir quiénes somos es una revelación progresiva.
Nietzsche decía que llegar a ser uno mismo es como el crecimiento de una planta: las raíces asimilan los nutrientes (los errores, los desvíos) en la oscuridad.
En Ecce Homo habla de una idea organizadora que vive en lo más íntimo de nosotros mismos y que con el tiempo se va revelando:
Entretanto, en lo profundo, crece cada vez más la “idea” que organiza, la idea llamada al dominio; ella comienza a mandar, lentamente guía los pasos de vuelta de los desvíos, de los caminos perdidos, prepara cualidades y capacidades singulares que luego se demostrarán indispensables como medios para el todo; elabora sucesivamente todos los poderes subalternos antes de dejar traslucir nada de la tarea dominante, de la “meta”, del “fin”, del “sentido”.
Y es eso, creo, lo consolatorio y lo profundo. Que necesitamos de nuestros errores y de nuestras limitaciones, para descubrir y convertirnos en nosotros mismos.
El propósito de nuestra herida originaria.
La herida originaria con la que nacimos no es un obstáculo para convertirnos en quienes realmente somos, sino la puerta que nos conduce a ello. Es la raíz de nuestro desarrollo espiritual, su condición necesaria.
Escribe Nietzsche:
Llegar a ser lo que se es, presupone que no se tiene ni la más remota idea de lo que se es. Desde este punto de vista tienen su propio sentido y su propio valor incluso los pasos en falso de la vida, las desviaciones temporales y los caminos perdidos, las vacilaciones, las resoluciones “modestas”, la seriedad malgastada en tareas que están más allá de la tarea.
Entonces, descubrir quiénes somos y elegir nuestro yo auténtico no es fácil. No es algo que se dé de forma clara y evidente.
Más bien, es el fruto de un camino, de un descubrimiento, de un proceder. Es un devenir. Y de este camino hacen parte las caídas, las equivocaciones, las limitaciones.
Creo que además este es un camino sin fin, que dura a lo largo de toda nuestra existencia. El descubrimiento es permanente y no lineal.
No hay que caminar a solas.
Tampoco es un camino que podamos recorrer solos.
Es bueno hacerlo acompañados, en compañía de amigos que comparten el camino, sintiéndonos parte de una comunidad en marcha.
A solas, es más fácil sucumbir a nuestras debilidades, desmotivarnos y perder la confianza en nosotros mismos. A solas nos vence la acedia, es decir, la pereza mental y espiritual. A solas, es más fácil que nos convirtamos en víctimas de nuestro ego y que nos sobreidentifiquemos con él.
Por el contrario, caminar en compañía nos predispone a ser más vulnerables, a confiar nuestras dudas y debilidades. Los compañeros de viaje nos motivan, nos animan. Sobre todo, nos recuerdan quiénes somos de verdad. En momentos de dificultad, nos consuelan.
Al mismo tiempo, su presencia nos hace olvidar a nosotros mismos y nos abre al amor, a la compasión y a la paciencia. Su presencia refuerza los músculos de nuestro espíritu, nos hace ir más allá de nuestro yo ilusorio y falso.
Necesitamos compañeros de viaje, guías y maestros, aunque con el tiempo nos convertimos en nuestros propios maestros.
La apertura al Misterio
Finalmente, hay otra dimensión que nos ayuda a ser nosotros mismos y a trascender nuestras limitaciones, heridas y errores. Es una dimensión más delicada, que quizás no todos estamos siempre listos para considerar. Pero es una dimensión constitutiva de quienes somos.
Es la apertura al Misterio. Es una apertura que nos lleva a ser conscientes de que no somos solamente seres individuales, sino que somos parte de un Todo que nos comprende y del cual, al mismo tiempo, somos una expresión, un reflejo. Es el ADN de quienes somos, de nuestro yo auténtico.
Es la dimensión que puede llevarnos a entender la existencia como un largo viaje sin distancia, un regreso a nuestro origen.
Una crisis existencial, muchas veces, también nos hace percibir esta realidad y presencia del Misterio, así como lo puede provocar y alimentar la contemplación de una flor, la inmensidad del mar, el vuelo de un pájaro.
Thomas Merton lo expresa con estas palabras:
Por tanto, solo hay un problema del que dependen toda mi existencia, mi paz y mi felicidad: descubrirme a mí mismo al descubrir a Dios. Si lo encuentro a Él, me encontraré a mí mismo; y si encuentro mi verdadero yo, lo encontraré a Él.
Preguntas para la autorreflexión.
¿Y si ese fuera el verdadero propósito de un proceso de autoconocimiento? ¿Y si ser yo mismo fuera, finalmente, el verdadero horizonte y el destino de la existencia? ¿El propósito de los propósitos?
Entiendo entonces por qué, para Merton, ser santo coincide con ser uno mismo. Y porque Nietzsche ve en ser uno mismo un aspecto constitutivo del ser humano y de nuestra experiencia.
Ser uno mismo… una invitación, un desafío, una provocación. Pero, ¿cómo cambiará la mirada que tienes sobre tu vida al escuchar el anhelo que surge de tu interior por ser tú mismo? ¿Cómo cambiaría tu existencia al abrirte al Misterio?
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Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.



