Lo tenía todo y sentía un vacío: mi crisis antes de los 40.
De una oficina en Columbia con vista a Harlem a la pregunta que lo cambió todo: ¿Esta es realmente mi vida?
“Por fuera, todo encajaba”
Recuerdo con mucha precisión aquel momento de mi vida en el que me di cuenta de que me estaba habitando un gran vacío.
Estaba en mi oficina en la Columbia University. Desde la ventana podía ver los árboles del parque Morningside y los edificios de Harlem. El atardecer le daba una tonalidad cálida al paisaje otoñal. Las hojas estaban cambiando de color.
El paisaje era un reflejo de lo que vivía en mi interior; intuía que algo marchitaba. Sentía una presión constante en el pecho que no me permitía respirar profundamente.
Lo que, en realidad, no tenía sentido. O por lo menos, eso era lo que creía. Porque, desde el punto de vista profesional, estaba viviendo el verano de mi vida.
Me habían otorgado el doctorado en antropología en una de las universidades más prestigiosas del mundo. Dirigía un centro académico reconocido y estimado. Daba clases de maestría en la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos (SIPA). Estaba asesorando a líderes globales, celebridades y gobiernos. Vivía en Nueva York, gozando de su oferta cultural. Había logrado más de lo que había soñado en mi vida.
Sin embargo, en mi interior habitaba un vacío que no sabía nombrar.
Esta era la gran paradoja de mi existencia. Por fuera, lo tenía todo. Mi vida parecía completa. Por dentro, estaba profundamente insatisfecho, y esa insatisfacción le estaba quitando color a mi vida.
¿Qué me hacía falta? ¿Qué más necesitaba lograr para sentirme finalmente satisfecho y feliz? ¿Qué tenía que hacer para llenar este vacío que sentía?
Son preguntas que surgieron aquella tarde, que me acompañaron durante un largo tiempo; años. La respuesta no llegó de inmediato. No tuve ninguna caída de caballo que me iluminara.
Fue más bien un camino largo. A veces tuve la sensación de cruzar el desierto, de habitar la noche.
Como escribió el poeta Dante, al comienzo de su Divina Commedia:
“A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado”.
El vacío que no se llena con más
Durante mucho tiempo creí que la respuesta estaba afuera. Que me faltaba un logro más. Un reconocimiento más. Un peldaño más que subir.
Así que hice lo que sabía hacer: más. Trabajé más, viajé más, acumulé más experiencias. Y cada vez que alcanzaba algo, sentía un alivio breve —de días, a veces de horas— y después el vacío volvía, intacto. Como si nada de lo de afuera pudiera tocarlo.
Ahí empecé a sospechar algo incómodo: si más éxito no llenaba el vacío, entonces el vacío no era un problema de éxito.
Quizás tú también lo has sentido. Esa pregunta que aparece, casi siempre en silencio, cuando por fin te detienes: ¿Esta es realmente mi vida?
Lo curioso es que esta vida que vives no está mal. Muchas veces es una vida, como me pasaba a mí, que provoca aplausos, cumplidos e incluso admiración.
Pero la verdad es que en algún lugar, esta misma vida dejó de ser del todo tuya. Y eso duele.
El que yo creía ser
Me demoré un rato, pero finalmente entendí de dónde provenía el vacío.
Yo había construido una vida entera —una identidad entera— sobre lo que se esperaba de mí. Sobre lo que me daría aprobación, prestigio, un lugar.
No lo había hecho de manera consciente. Pero experiencias traumáticas en mi adolescencia me habían convertido en alguien que quería aparentar ser perfecto porque creía, inconscientemente e ingenuamente, que solo la perfección me habría garantizado el cariño, el aprecio, la amistad y la admiración que pensaba que eran necesarios para ser feliz y exitoso.
Me había convertido en un experto en complacer. A todo le decía sí. Me costaba muchísimo decir no, expresar mi opinión, sobre todo si era una opinión contraria.
Vivía desde un personaje: el que rinde, el que logra, el que no falla. Thomas Merton lo llamaba el Falso Yo. Yo simplemente lo había confundido conmigo.
Y ese personaje era muy bueno para conseguir cosas. Pero no sabía habitarme. Me negaba a mirar dentro de mi propio abismo.
Trabajaba por la paz en el mundo —facilitaba negociaciones de paz, asesoraba a quienes tomaban decisiones enormes— y, sin embargo, me faltaba la paz adentro.
Cargaba heridas que nunca me había detenido a mirar. Estaba tan ocupado sosteniendo la imagen que no me quedaba tiempo para ser.
El camino no iba hacia afuera
Fue entonces cuando comprendí que había estado buscando en la dirección equivocada.
El vacío no se llenaba subiendo. Se llenaba bajando. Yendo hacia adentro, no hacia arriba.
No se trataba de acumular más victorias externas, sino de reconocer al Falso Yo para reencontrar a quien de verdad soy —y aprender a vivir desde ahí—.
A esa libertad interior hoy la llamo soberanía personal. Es la capacidad de vivir sin que el miedo, la prisa o las expectativas ajenas decidan por ti. De elegir tu vida, en lugar de heredarla.
No fue un instante. Fue —ya te lo dije— un desierto. Pero en ese desierto, por primera vez en años, empecé a respirar hondo.
Por dónde empecé
No hubo un método perfecto. Empecé por lo más simple, y por eso mismo lo más difícil: hacerle espacio al silencio. A la soledad. A mirar hacia adentro, eso que llevaba tanto tiempo evitando.
Me retiré del mundo que conocía. Empecé a practicar la meditación, gracias a un maestro de meditación zen. Profundicé estudios en desarrollo personal. Me convertí en un nómada existencial.
Si algo de esto te resuena, te dejo una sola pregunta para esta semana. No la respondas rápido. Siéntate con ella:
Si nadie estuviera mirando —ni aplaudiendo—, ¿qué elegirías?
Tu vacío no es un fracaso
Durante años viví ese vacío como un defecto. Como algo que había que corregir cuanto antes. Como expresión de algo que yo estaba haciendo mal.
Hoy lo veo distinto. Ese vacío no era un fracaso. Era una puerta, o mejor aún, un umbral. Era la parte más sana de mí tocándome el hombro para decirme que estaba viviendo una vida que ya no era del todo mía.
Comprendí que no era que me faltara algo, sino que anhelaba más.
Y este “más” no era más logros, éxitos, metas, títulos, etc., sino más profundidad… más ser…
Richard Rohr lo resume así. Dice que en la primera parte de la vida construimos el contenedor de nuestra existencia; es decir, nuestra identidad, carrera, etc. En la segunda parte de la vida, en cambio, empezamos a generar el contenido que nuestro contenedor almacena.
La crisis nace cuando nos identificamos, o incluso nos hiperidentificamos, con el contenedor. Y nos olvidamos de desarrollar el contenido, que es la materia prima de nuestra satisfacción y felicidad.
Por eso digo que mi crisis no fue la seña de algo que faltaba, sino mi esencia verdadera que se estaba despertando, invitándome a enfocarme finalmente en lo fundamental, en lo que verdaderamente me hace humano.
Si tú también sientes algo que se parece al vacío y la insatisfacción que yo experimenté antes de los 40 —en medio de todo lo que has logrado—, quizás no estés en crisis. Quizás estés despertando.
¿Qué tal si esta fuera la invitación?
En las próximas semanas quiero caminar esto contigo, sin afán. Por ahora, me encantaría que me contaras: ¿has sentido ese vacío? ¿Cómo se te presenta a ti?
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Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.



