Hoy te escribo desde la cocina de la casa de mis papás, la misma en la que viví hasta los 22 años. Afuera hay un día otoñal. El cielo está gris, los árboles ya han cambiado de color y la temperatura es fresca.
Hace un mes volví a ser alumno: empecé el Máster en Espiritualidad Transcultural del Instituto Vidal i Barraquer, de la Universitat Ramon Llull, en Barcelona.
A los 57 años tengo otra vez horario de clases, bibliografía y un trabajo final por escribir. Mis compañeros vienen de oficios muy distintos al mío.
¿Para qué, a estas alturas?
Raíces, no diplomas
A esta edad no se estudia por un diploma más para colgar en la pared. Tampoco para recalificarse en el mercado. Se estudia para echar raíces más profundas en la vida.
Pienso en un árbol. De él vemos la copa y los frutos. Pero un árbol da más frutos y se eleva más alto en la medida en que sus raíces se vuelven más profundas y más amplias. Lo que crece hacia arriba depende de lo que crece hacia abajo.
Nietzsche usó la misma imagen en Así habló Zaratustra: «Con el hombre ocurre lo mismo que con el árbol. Cuanto más quiere subir hacia la altura y la luz, con más fuerza tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo…».
Por eso no se trata del conocimiento por el conocimiento. Busco en el estudio dar profundidad a mi soberanía interior, es decir, la capacidad de gobernarme desde adentro, sin depender de la aprobación ajena para saber quién soy y hacia dónde voy.
No hay ceremonia de grado para la vida
Vivimos en un mundo complejo, que cambia más rápido que nuestra capacidad de comprenderlo. En un mundo así, aprender no puede ser una etapa. Tiene que ser un ejercicio permanente.
Crecimos con la idea contraria: que el estudio es un ciclo que se cierra en la juventud, con una ceremonia de grado, y que lo aprendido nos alcanzaría hasta la jubilación.
Simon Sinek distingue, en The Infinite Game, entre juegos finitos e infinitos. Los finitos tienen reglas fijas y un objetivo que, una vez alcanzado, pone fin al juego. En los infinitos no hay línea de meta: «el objetivo principal es seguir jugando».
Sinek habla de empresas; creo que también vale para la vida interior. Quien vive el aprendizaje como un juego finito lo da por terminado el día del grado. Quien lo entiende como un juego infinito sigue jugando.
Estudiar para saber qué merece mi vida
En julio te escribí sobre la inteligencia espiritual, la que responde a la pregunta decisiva: ¿qué merece realmente mi vida? Estudiar, a esta edad, es una de las maneras de alimentarla.
Cada lectura y cada clase alimentan, además del intelecto, mi experiencia vital. Me ayudan a dar significado a lo que he vivido, a nombrar lo que antes solo intuía y a separar lo que verdaderamente vale de lo que solo hace ruido.
Es una dimensión vital de la segunda parte de la existencia. En la primera, solemos estar ocupados por encajar en moldes que otros han construido: la familia, la escuela, la sociedad. En la segunda ya no nos preocupa tanto encajar. Nos concentramos en crear nuestro propio molde.
El domingo pasado te escribí que, con el tiempo, nos convertimos en nuestros propios maestros. Cuando Zaratustra se despide de sus discípulos, les advierte: «Se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo».
En la madurez, estudiar significa dialogar con los maestros en lugar de seguirlos, hasta encontrar la propia voz.
Una cuestión de coherencia
En mi caso hay además una razón personal. ¿Cómo puedo acompañar a otros en su desarrollo espiritual, en su autoconocimiento, en la evolución de su liderazgo si yo no hago primero el ejercicio?
El mayor riesgo de mi oficio es volverme experto. Shunryu Suzuki lo advierte en la primera línea de Mente zen, mente de principiante: «En la mente del principiante hay muchas posibilidades; en la del experto, pocas». Para él, ese es el secreto de las artes: ser siempre un principiante.
Los Padres del Desierto lo sabían. Antes de guiar a nadie, vivían en carne propia la metanoia, la palabra griega que traducimos como arrepentimiento y que significa cambio de mente, conversión de la mirada.
Amma Sinclética, una de las madres de aquel desierto, advertía que es peligroso enseñar sin haber recorrido antes el camino: quien recibe huéspedes en una casa en ruinas los pone en peligro, y lo mismo hace quien no ha construido primero una morada interior.
Del abad Sisoes se cuenta que, en su lecho de muerte, cuando los monjes le dijeron que no necesitaba arrepentirse, respondió: «En verdad, no sé si he empezado siquiera a arrepentirme». Toda una vida en el desierto, y murió principiante.
Por eso vuelvo a sentarme en un aula: para recorrer primero el camino que propongo a otros.
Cinco maneras de volverte un estudiante permanente
Estudia lo que te pregunta la vida, no lo que pide el mercado. Escribe la pregunta que te acompaña hoy y busca un libro, un curso o un maestro que te ayude a habitarla.
Dale una forma. Una inscripción, un horario, una fecha de entrega. La intención sin estructura se disuelve en la agenda.
Lee como principiante. Vuelve a un libro que te marcó hace años y léelo como si fuera la primera vez.
Lleva cada idea a la vida en una semana. Si algo te conmueve, conviértelo en un gesto concreto en los próximos siete días. Lo que no se vive no construye la casa.
Escribe tu propia conclusión. Al terminar una lectura, anota, con tus palabras, en qué no estás de acuerdo con el autor. Así se empieza a ser maestro de uno mismo.
Las raíces no se ven, pero sostienen todo lo demás. ¿Hacia dónde quieres que crezcan las tuyas?
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Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.



