La libertad que nadie te puede quitar (solo tú puedes entregarla)
En una cama de hospital descubrí que la libertad de afuera es frágil. Hay otra que nadie te puede arrebatar —pero que casi todos entregamos sin darnos cuenta.
De repente me encontré en una cama de hospital.
Una infección amenazaba mi hígado. Estaba muy débil, sin fuerzas. La sola idea de hacer cualquier cosa me agotaba aún más. [Escribí en detalle sobre esa experiencia aquí].
La vida, a veces, te obliga a mirar tu existencia desde otro lugar. En el instante en que la enfermera de urgencias me puso un brazalete con mi nombre y me dijo que el médico había decidido hospitalizarme, muchas de las cosas a las que estaba acostumbrado se desvanecieron. No me lo esperaba. Ni siquiera creía que mi estado fuera tan grave.
Y ahí, en esa cama, dejé de ser libre.
Ya no era libre de comer lo que quisiera ni de ir a mis restaurantes preferidos. No era libre de subir a un avión y viajar. Ni llamar a un amigo ni armar un plan. Ni de leer, ni de escribir, ni de ver una película. Todo era demasiado. No tenía fuerzas ni para desearlo. Lo único que quería era cerrar los ojos y dormir.
Toda la libertad exterior que había construido con tanto esfuerzo a lo largo de los años y que daba por sentada se había puesto en pausa de un momento a otro.
Y entendí algo incómodo: lo que me parecía sólido podía desvanecerse en un abrir y cerrar de ojos. La libertad que tanto me costó crear era frágil. Efímera. Quizás, incluso, una ilusión.
Fue ahí cuando lo vi con claridad. Es verdad que nunca tuvimos tanta libertad —opciones, elecciones, posibilidades—. Y también que nunca nos sentimos tan poco dueños de nuestra propia vida. Muchos lo intuimos durante la pandemia.
Mi enfermedad solo me recordó: existe una libertad de la que nadie nos habló. Y por eso nadie nos enseñó a protegerla.
Dos libertades
Cuando hablamos de libertad, la mayor parte de las veces nos referimos a una libertad exterior.
Es decir, la libertad económica, la libertad de emprender, de expresarse, de organizarse, de practicar un culto, de participar en política. Son las libertades del pensamiento liberal y, seguramente, son fundamentales para el desarrollo de la persona y su dignidad. Son las libertades que nos enseñaron.
Pero existe otra libertad que considero aún más fundamental e importante. Muy pocos la nombran; es la libertad interior.
De hecho, puedes tener todas las opciones del mundo y aun así vivir gobernado por el miedo, la prisa o la mirada ajena. Te puedes declarar libre como persona y, aun así, vivir bajo los condicionamientos que impone una sociedad.
En mi concepto, la libertad interior coincide con la soberanía personal. Es la libertad de discernir y decidir desde tu Yo Auténtico, sin quedar dominado por el miedo, la prisa, el ruido o las expectativas de los demás.
Es la libertad que lograron los grandes maestros del espíritu y los líderes que hicieron historia en el mundo.
Es la libertad de los padres y las madres del desierto, que eligieron la soledad y el silencio para trascender los pensamientos malvados y liberarse de pasiones esclavizantes. Se retiraron al desierto para alcanzar la transformación de la mente. Más de 1700 años después, siguen siendo una gran fuente de inspiración y un ejemplo.
Es la libertad que vivieron líderes como Gandhi y Nelson Mandela, quienes lograron la libertad en sus países porque antes la alcanzaron en sí mismos. Es la libertad que testimoniaron grandes místicas como Teresa de Ávila o Teresa de Lisieux.
La soberanía personal, nadie te la puede quitar. Solo tú puedes entregarla. Y casi siempre, la entregas sin darte cuenta.
Por ende, en la cama del hospital me di cuenta de que valía la pena cuidar y desarrollar esta libertad.
Por qué nadie te enseñó a protegerla
Pasamos buena parte de nuestra existencia aprendiendo a competir, a producir, a elegir bien, a triunfar. Todo el sistema educativo y los mensajes de nuestra sociedad nos preparan para alcanzar la libertad exterior.
Hoy el nuevo héroe de la sociedad es aquel que decide emprender. Es el nuevo mito de una época en la que los avances tecnológicos parecen prometer que cualquier aspiración es legítima y alcanzable, incluso la inmortalidad.
El resultado es que muchas veces quedamos esclavos de estos mitos y confundimos la libertad externa con la realización personal máxima y la plenitud.
Pero no hay muchos lugares donde nos entrenen a ser conscientes de las cadenas que limitan o impiden nuestra libertad interior y, por ende, no aprendemos a ejercer nuestra soberanía personal.
Pregúntate. ¿Quién te ha enseñado a reconocer cuándo estás decidiendo desde el miedo, a distinguir tu voz de las voces que heredaste, a quedarte en silencio lo suficiente para saber qué quieres tú de verdad?
Porque existen fuerzas activas que todos los días, sin que tú seas consciente, trabajan para colonizar tu soberanía personal.
Cómo la pierdes sin darte cuenta
Ahora bien, no es que pierdas esta libertad de golpe. La cedes poco a poco, decisión a decisión.
La cedes al ruido. El filósofo Byung-Chul Han nos alerta de que hoy vivimos en una época de exceso de estímulos. El mundo opina dentro de tu cabeza antes de que alcances a pensar. Y cuando nuestra mente está saturada, en lugar de elegir, reacciona.
La cedes al falso yo. Thomas Merton llamaba así a esa identidad construida a partir de expectativas, comparaciones y la necesidad de aprobación. Cuando creas tu vida desde el falso yo, crees que eres tú quien elige, pero en realidad es tu personaje, tu máscara, quien elige. [Lee aquí mi bitácora sobre el falso yo.]
La cedes al miedo, que te ralentiza o hasta te paraliza y te invita a reaccionar en lugar de discernir. El miedo invita a la ansiedad en vez de a la calma, lo cual es una característica fundamental del yo auténtico.
Y la cedes a la prisa. De hecho, la aceleración consume cualquier espacio en el que puedas elegir de verdad. Es el gran desafío que trae consigo el desarrollo tecnológico, cada vez más rápido.
Así, sin un solo momento dramático, un día te despiertas viviendo una vida llena de opciones y vacía de ti. Es duro admitirlo, pero reconocer esta realidad es el primer paso para recuperar la soberanía personal.
Por eso te invito a hacerte esta pregunta: ¿en qué ámbitos de tu vida estás cediendo tu soberanía personal?
El espacio donde vive tu libertad
Ahora bien, para recuperar nuestra soberanía personal y ejercerla plenamente, necesitamos saber dónde reside esta libertad para encontrarla y fortalecerla.
Aquí puede ayudarnos un gran pensador, Viktor Frankl, que sobrevivió a lo peor que un ser humano puede soportar. Hasta viviendo en un campo de concentración, Frankl constató que era posible ser libres dentro de él.
Afirmó que existe un intervalo entre el estímulo y la respuesta. Y en ese intervalo está nuestra libertad.
Este intervalo es el gran secreto que nadie (o muy pocos) hoy nos comparte.
La soberanía personal no consiste en controlar lo que te pasa. Es recuperar ese intervalo —el que hay entre lo que ocurre y tu respuesta— y aprender a habitarlo. Es la diferencia entre reaccionar y responder.
Es el espacio de la pausa, del discernimiento, de la escucha de tu yo auténtico. Es el espacio donde el ruido del mundo se reduce al silencio y puedes escucharte y reconocerte de verdad. Es el espacio de la valentía.
Una amiga en estos días me comunicó su decisión de irse a estudiar una maestría en España. Me confesó el miedo que tenía ante una decisión trascendental para ella. Lo desconocido puede generar grandes temores. La tentación es elegir lo familiar, lo conocido, lo que aparece seguro, sobre todo cuando es fuente de satisfacciones.
“Pero he decidido seguir mi corazón”, me dijo mi amiga. Le brillaban los ojos cuando me dijo estas palabras.
Escuchar el corazón es una forma de habitar aquel intervalo del cual habla Viktor Frankl y de escuchar la voz más auténtica que habita en nuestro interior.
Por el contrario, quien no es soberano decide, gobernado por el ruido, aunque parezca que decide él. Se puede analizar una decisión con una inteligencia impecable y, aun así, tomarla desde el miedo.
Por eso, en la era de la aceleración, la verdadera ventaja de un líder ya no es ni la velocidad ni la información. Es no quedar bajo su gobierno y, por el contrario, acceder a este intervalo al que alude Frankl.
¿Cómo empiezas a recuperarla?
La soberanía personal es un proceso de maduración, una práctica. No es algo que consigas una vez para siempre. Es más bien el resultado de una lucha espiritual permanente.
El punto de partida es el silencio: hay que bajar el volumen del mundo lo suficiente como para volver a oír tu propia voz.
Sigue por la soledad: no huir de ella, sino usarla para distinguir cuál de todas las voces que te habitan es de verdad tuya. Los Padres del Desierto no se retiraron solo para buscar a Dios, sino también para descubrir cuántas voces confundían con la suya. La soledad y el retiro al desierto facilitan el autoconocimiento.
Y madura en el discernimiento: esa capacidad, entrenada con el tiempo, de distinguir entre la claridad y la reactividad, entre tu yo falso y tu yo auténtico.
¿Pero por dónde empezar? Te sugiero que empieces por una pregunta. Llévatela esta semana, sin preocuparte de responder rápidamente:
Si te vuelves a tu última decisión importante, ¿quién decidió de verdad: tú o el miedo, la prisa y la mirada de los demás? ¿Tu falso yo o tu yo auténtico?
La libertad se protege, no se posee
Volví de aquel hospital con salud, pero, sobre todo, con una certeza nueva.
La libertad de afuera es frágil: la construyes y la vida te la puede quitar en un instante. Pero hay otra que nadie te puede arrebatar y que solo tú puedes entregar.
No se conquista de una vez para siempre. Se protege cada día, decisión a decisión.
Es la libertad de elegir tu vida, en lugar de heredarla o de dejar que te la dicten.
En las próximas semanas quiero caminar contigo hacia esta libertad. Por ahora, te invito a que me cuentes en los comentarios o escribiéndome personalmente: ¿en qué parte de tu vida sientes que entregaste tu soberanía sin darte cuenta?
Aldo
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Aldo Civico es autor, mentor y maestro en el arte de acompañar procesos profundos de transformación. Ha asesorado a líderes, artistas y agentes de cambio en todo el mundo. Es doctor en antropología, profesor en universidades como Columbia y experto en neurociencia del bienestar, epigenética, sanación emocional y liderazgo consciente. Con Simon Sinek, lidera la clasificación de los expertos en liderazgo a nivel global (Global Gurus, 2026).
Pero, ante todo, Aldo es un viajero del alma. Alguien que ha caminado y sigue caminando por dentro y por fuera. Que ha estado en trincheras y en templos, en crisis y en cumbres. Y que La Bitácora Interior no escribe para enseñar, sino para compartir lo que ha vivido, lo que sigue aprendiendo y lo que —en el fondo— todos necesitamos recordar.
Su lema: «Tu destino es brillar».
Su práctica: acompañarte a volver a ti.



